Simón Palominos, Lorena Ubilla y Alejandro Viveros (editores), Pensando el Bicentenario. Doscientos años de resistencia y poder en América Latina. Ediciones Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 2012.

Claudia Zapata Silva 1

Así como la escritura no es un gesto inocente tampoco lo es la aproximación a ella. Recurro a esta obviedad para decir de entrada que el libro que aquí presento se sitúa desde allí al abordar el tema de la cultura en América Latina desde una opción teórico-política clara: una cultura constituida históricamente, cruzada por relaciones desiguales de poder, que conforma un repertorio y a la vez un marco para comprender las prácticas tanto hegemónicas como subalternas durante el período republicano. Es este un libro que lleva por título Pensando el Bicentenario. Doscientos años de resistencia y poder en América Latina, editado por Simón Palominos, Lorena Ubilla y Alejandro Viveros, con el que se anuncia la centralidad de dos objetos que son abordados de manera entrelazada y desde distintos ángulos. Se trata de un libro compilado, editado y escrito por investigadores jóvenes que están cursando sus programas de postgrado, para quienes América Latina sigue siendo un tema relevante, así como la inscripción de Chile en este marco que es el continente, ejercicio poco frecuente que, en este caso, otorga singularidad a la forma de conmemorar el Bicentenario, que al menos en Chile pero me temo que también en otros países latinoamericanos, giró en torno a la particularidad nacional. Si tuviera que resumir en una frase esta forma de conmemorar, diría que ella consiste en usar la efeméride como un punto de referencia para revisitar críticamente los proyectos nacionales y la pertinencia de una identidad latinoamericana en los tiempos que corren.

Lo anterior implica varias cuestiones importantes sobre las que quiero llamar la atención de los futuros lectores: en primer lugar, la relevancia que tiene para los autores y las autoras el tiempo presente, no porque en otros ejercicios de revisión histórica se encuentre ausente (sabemos que no es así aunque el hecho pueda ser omitido), si no por la honestidad con que se expone ese vínculo entre las necesidades del presente y el período tratado, lo que instala a este libro, me atrevo a firmar, en el espacio de la ciudadanía. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, el de las formas de habitar la disciplinas, pues se hace explícito el vínculo entre éstas y la sociedad contemporánea, de ahí que los análisis que se proponen no se agoten en los límites de la historia, la literatura, la sociología, la filosofía y el arte. Cabe agregar aquí la práctica de la interdisciplina, que tanto los editores como los articulistas han transformado en una posibilidad no sólo real sino productiva de acuerdo a los resultados que se tienen a la vista.

El volumen se compone de un prólogo, doce capítulos a cargo de igual cantidad de autores, y tres propuestas de lectura para las secciones en las que estos se agrupan. A lo largo de estos textos, el Bicentenario es un objeto que aparece referido, rodeado, a veces sólo aludido desde temas que descubren las lógicas de poder implícitas en las construcciones nacionales, sean estas las de los grupos dominantes en sus distintos registros (intelectual, político), pasando también por las controversias y por prácticas contrahegemónicas en distintos períodos. Los temas en cuestión son diversos pero están cruzados por este intento de registrar ese juego de poder: lo colonial visto desde el siglo XIX; el vínculo entre modernización y modernidad y sus características en el campo intelectual, cultural y político; las prácticas políticas desarrolladas por distintos actores sociales; al alteridad (especialmente referida a mujeres e indígenas); el pensamiento latinoamericano sobre distintos tópicos pero especialmente sobre el destino del continente; y las producciones culturales del período (narrativa, fotografía, cine, música).

A esta diversidad temática se agregan otras: en primer lugar, los distintos contextos nacionales, pues son trabajos en los que se habla, además de América Latina, de México, Perú, Argentina, Colombia y por cierto Chile; de enfoques disciplinarios; y de perspectivas teóricas para abordar un mismo objeto, como ocurre con lo indígena, que van desde posiciones más esencialistas a otras más desentabilizadoras de dichas esencias.

Si bien estos trabajos se pueden leer en distinto orden y es factible establecer entre ellos una multiplicidad de relaciones, existe una propuesta a cargo de los editores que resulta atractiva porque precisamente se presenta como tal e invita a dialogar no sólo con los textos sino también con ellos. Asumiendo que toda edición es un acto arbitrario realizado a partir de una mirada, la que tenemos en este libro resulta particularmente atractiva. Esta consiste en agrupar los trabajos en tres apartados que a grandes rasgos tratan sobre la idea de América Latina y su vinculación con la cultura metropolitana (el primero); sobre la relación entre política, poder y democracia a lo largo del siglo XX (segundo apartado); y sobre el campo cultural latinoamericano (último apartado). Estas tres secciones son encabezadas por un capítulo que, a cargo de uno de los editores, elabora una posibilidad de lectura, situando trabajos que tratan sobre temas monográficos en contextos conceptuales e históricos más amplios cuyo principal propósito es la discusión sobre la totalidad continental.

La primera de estas propuestas es la que nos entrega Alejandro Viveros, titulada “Para una reflexión fragmentaria. Guiños y modulaciones de sentido sobre América Latina”, donde se elabora una  concepción del continente que apuesta por la heterogeneidad, la vectorización y la no clausura identitaria. Un primer ejercicio en el que lo republicano aparece inscrito en una temporalidad más profunda, que dice relación con la constitución de la alteridad americana a partir de la conquista, la relevancia de ella para la modernidad y para Occidente, pero también con las formas en que esos marcos de comprensión son apropiados, discutidos e incluso subvertidos, para lo cual Viveros acoge el concepto de colonialidad que desde hace unos años circula por el ámbito de la teoría crítica. Lo interesante aquí, es que la colonialidad de la que habla no se remite a concebir América únicamente a partir de los discursos eurocéntricos, como si sólo se tratara de un eco, si no que permite entrever, precisamente, ese “otro lado” que algunos análisis contemporáneos omiten. La cultura aparece aquí como el ámbito privilegiado en que se expresan tensiones y se libran batallas.

La segunda corre por cuenta de Lorena Ubilla y trata sobre “Antiguas y nuevas problemáticas: una entrada a la política. América Latina en el siglo XX”, donde se propone abarcar una diversidad contextual y epocal a partir de la tríada política-poder-democracia, pertinente nos dice la autora para agrupar trabajos que tratan sobre distintos actores que a lo largo del siglo XX se interrogaron por la identidad nacional y continental, con respuestas disímiles pero que sirven a Ubilla para discutir sobre la necesidad de reposicionar la política como un quehacer ciudadano legítimo, amplio respecto de las prácticas, capaz que reformular las concepciones imperantes sobre nuestra democracia actual que es pobre en lo político y paupérrima en lo social. De ahí el interés por reparar en la condición contrahegemónica de algunas de estas prácticas que dieron origen a los trabajos que integran la sección, principalmente el de las agrupaciones políticas perseguidas y los discursos de género que confluyeron el horizonte de la lucha antidictatorial. Imposible no visitar estas experiencias sin pensar en una sociedad chilena que lentamente toma conciencia de su protagonismo y de su derecho a la política.

La tercera y última sección es la que presenta Simón Palominos, sobre “Disputas en la construcción de hegemonía. Mestizaje y mediación como estrategias de resistencia en el campo cultural”, donde las referencias a la constitución de este campo en el siglo XX parten por reconocer una tradición de al menos dos siglos en la que este hecho se inscribe, cuya continuidad ha sido la preocupación por el asunto de la cultura, pero concebida ésta como un espacio donde las relaciones de poder asimétricas han sido determinantes. El origen de dicha asimetría la ubica Palominos en el momento de la conquista y la situación colonial que se configura a partir de ella, problemas que han sido centrales en la pregunta por la identidad. Nuevamente se recurre aquí al concepto de colonialidad para designar un tipo de relación más que a un período particular, en la que se producen respuestas y disgresiones. Con ello se anuncian trabajos sobre distintas producciones culturales en los que se problematizan, sobre todo, las construcciones nacionales, pero situados desde esta entrada en una densidad temporal y cultural marcada por la heterogeneidad y el mestizaje, este último alejado de aquella construcción ideológica que instalaba al mestizo como el sujeto histórico por excelencia, como metáfora de una pretendida armonía nacional que aquí es puesta en entredicho. Aunque sin embargo, tanto aquí como en el texto de Viveros, también se nos propone a los mestizos ejerciendo un decisivo rol político en aquello que ambos denominan como la colonialidad.

Creo necesario concluir este comentario con un resumen sumario de la concepción de América Latina y el tipo de análisis que es funcional a dicha aproximación que se despliega a lo largo de 351 páginas. Es sin duda una América Latina heterogénea, en referencia directa al discurso que sobre el continente nos legara el peruano Antonio Cornejo Polar; portadora de una experiencia colonial que constituye un horizonte en el que se inscriben experiencias, prácticas y proyectos; pero también con una capacidad de respuesta. De ahí el interés por el ejercicio de develación (de los mecanismos de dominación principalmente); por la disidencia; por la transgresión; por la confrontación abierta. Desde esta opción se revisitan y discuten los proyectos nacionales, relevantes si lo que se quería era abordar el Bicentenario, que se propone entonces como escena para la controversia. Esta concepción heterogénea, contradictoria pero también movilizadora es la que permite hacer visible la relación disonante que ha existido entre identidades nacionales e identidad latinoamericana, aquella que ha pasado por momentos de articulación (donde destacan los esfuerzos americanistas de los pensadores e intelectuales) y por momentos de colisión (como ocurriera durante el período de las dictaduras, la doctrina de seguridad nacional y más ampliamente, la guerra fría).

Para finalizar, considero que lo relevante de este libro es el intento por reponer categorías que han perdido relevancia en nuestras disciplinas, al menos en Chile, pero alejados de las certezas que las acompañaron en otros tiempos. Me refiero fundamentalmente a las categorías de nación y de América Latina, manteniendo con ello el interés por la crítica y, asociado a ella, por la política. Su énfasis en la capacidad de subversión y resistencia lleva a pensar que no es casualidad que un trabajo colectivo como éste cierre su propuesta con un capítulo sobre Violeta Parra, donde su autor, Ignacio Ramos, nos ofrece la imagen de una Violeta que proviene de ese espacio complejo y a veces inasible que denominamos tradición, reconocida y reivindicada por la artista, pero desde un gesto moderno de alteración que vincula el arte con la política.

 

1 Historiadora, Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos, Universidad de Chile. correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla