El ocaso de los lonkos y el caos social en el Gulumapu (Araucanía), 1880-1925 *

The fall of the lonkos and the social chaos in Gulumapu (Araucania), 1880-1925

Leonardo León **

 

Resumen

En este artículo se hace un análisis de la violencia inter-étnica que afectó a los mapuches durante el período posterior de la así llamada ‘Pacificación de la Araucanía’, a causa del debilitamiento de las autoridades tradicionales -lonkos y toquis- y la incapacidad del Estado chileno de instalar su institucionalidad jurídica de un modo eficiente y homogéneo a través del Gulumapu. Se examinan los registros judiciales del período y se reconstruyen aquellos casos más demostrativos de la violencia que generó el vacío de poder. Concluye con los testimonios de Manuel Aburto Panguilef, Pascual Coña y Martín Painemal que describen la decadencia que experimentaron las autoridades tradicionales desde comienzos del siglo XX.

Palabras clave: Mapuches, Ocupación estatal, poder local, violencia inter-étnica

 

Abstract

This article deals with the eruption of Interethnic and inter personal violence amogst the Mapuche during the period that followed the so called ‘Pacificación de la Araucanía’. It postulates that this phenomena was due largely to the weakening of traditional authorities -lonkos and toquis- and the inability of the Chilean State to set up its juridic institutionality in an efficient and homogenous way. Judicial records are reviewed and some cases are examined in detail to demonstrate that violence amongst the Mapuche during this period was strongly linked to the vacuum of power created by the incorporation of tribal territories to the jurisdiction of the Chilean State. It concludes with the testimonies of Pascual Coña, Manuel Aburto Panguilef and Martin Painemal, whom described the decline of traditional authorities during the first decades of the XXth century.

Key words: Mapuches, State expansion, local power, inter ethnic violence

1) Introducción

“Kuifi pu mapuche kimlafui winka denu; feichi meu kam nenofulu winka tafachi mapu meu. Kishu deumakefui ni denu enn; melefui pu lonko nenekefui ñi pu kona; fei mai meleyum denu, penie nekefui feichi pu lonko.”

“Antes los indígenas no conocían las instituciones políticas chilenas; pues entonces aún no había gente extranjera en sus tierras. Ellos mismos activaban sus negocios públicos; había los caciques que gobernaban a sus mocetones y a ellos se recurría cuando había algún asunto que arreglar.”

Pascual Coña (1973:122)

El wallmapu (país mapuche) era un espacio en el cual, históricamente, el poder circulaba entre los diversos protagonistas del acontecer, pero ninguno lograba capturarlo de modo permanente; tampoco lo podía ejercer de modo monopólico ni mucho menos delegarlo o heredarlo (Becchis 1984 y 1989; León, 1991; Pinto, 1996; Weber, 2005). Allí, por varios siglos, nadie nacía para mandar ni llevaba en la sangre el derecho a ser reconocido como superior más allá de los límites que imponía el lof, instancia social determinada por los lazos de parentesco sanguíneo y ritual. En ese sentido, el wallmapu fue una tierra de hombres iguales (Clastres, 1981 y 1978; Balandier, 1969). La representatividad y la legitimidad del gobierno que ejercían los longos,trascendiendo sus respectivas unidades de parentesco,se lograban sobre la base de méritos personales (tales como la sabiduría, el conocimiento del admapu (Ley) y del kimun (saber) y el accionar correcto en relación a su entorno ) o del aura de fama y prestigio que rodeaba a algunos individuos; también la guerra y la política operaban como dispositivos generadores de poder; así, la realización de alianzas y el ejercicio brutal de la fuerza fueron, en más de una ocasión, mecanismos temporales de poder (Shalins, 1968; Silva, 1994 y 1995). Sin embargo, sus efectos eran limitados pues, como elementos de un ciclo sin fin, generaban nuevas formas de resistencia y rechazo.

Por la información disponible, el wallmapu no conoció ni experimentó los efectos pacificadores del Leviatán (Vergara, 2005); así, parafraseando a Hobbes, éste fue un territorio dominado por la violencia, especialmente en las épocas de crisis, en el cual la guerra de todos contra todos se transformaba en parte de lo cotidiano (Alcaman, 1997, Becchis, 1997; del Villar, 1998; León, 1994 y 1998). Por esa razón, la política se hizo también un elemento esencial de la vida diaria y se constituyó en una obligación de los lonkos y de quienes ejercían el poder; a partir de un uso refinado de este instrumento se tejieron innumerables alianzas sociales, rituales, militares y pactos políticos que pretendieron contrarrestar el nefasto imperio de la violencia, pero no lograron eliminarla definitivamente (Ruiz Esquide, 1993; Becchis, 1994; Boccara, 1999; León, 1999 y 2004). En una palabra, los habitantes del wallmapu vivieron su vida en el delgado y precario espacio que surge cuando se produce el conflicto entre las fuerzas de la guerra y las fuerzas de la paz.

Desde la llegada de los españoles al Cono Sur se produjo una profunda alteración en los sistemas de equilibrios regionales que gobernaban la vida de los butalmapus prehispánicos; con el surgimiento de las fronteras -en Concepción, Chillán, Mendoza y Buenos Aires, por mencionar los puntos de contacto más relevantes- la violencia interpersonal se hizo crónica pues, desde el mundo huinca, se infiltraban sujetos, tecnologías y mentalidades que corroían los frágiles equilibrios sociales que sostenían la paz. El fraccionalismo étnico fruto de las alianzas que algunos linajes forjaron con los españoles, el segmentarismo social provocado por el desarrollo de los ulmenes (hombres ricos) y la circulación desmesurada de las riquezas, y la continua defensa de la soberanía de los lof frente a la agresión de los toquis y linajes más poderosos, junto con las presiones militares, económicas y políticas que ejercían los comandantes militares, comerciantes y misioneros desde las fronteras, hicieron que la violencia llegase a ser uno de los rasgos más permanentes en la vida cotidiana en el wallmapu. Fue la contrapartida de la así llamada ‘Guerra de Arauco’. El desarrollo de la frontera hispano-mapuche generó un espacio pacífico en los puntos de contacto, pero se tradujo en grandes cismas tribales más allá de las plácidas aguas de los ríos que separaban ambos mundos.

El proceso de penetración de la violencia generada por estos nuevos factores fue lento pero definitivo, dejando un largo rastro de enfrentamientos y muertes a través del wallmapu durante los siglos XVIII y XIX. El frágil equilibrio de fuerzas que había logrado mantener a la violencia en un nivel tolerable sucumbió bajo el impacto de estos nuevos procesos históricos; también mermó la capacidad militar de los toquis y weichafes. Así, cuando a fines del siglo XIX se produjo la ocupación estatal de los territorios tribales de Argentina y Chile, los mapuches ya no estaban en condiciones de responder con la férrea unidad que mostraron sus antepasados; viejas guerras y antiguas rivalidades políticas, resentimientos profundos y desconfianzas mutuas, habían trazado fronteras internas entre las tribus que fue imposible superar en el corto período de la agresión (Bengoa, 1985). La sociedad mapuche estaba convulsionada y dividida en su hora más trágica. En Chile, la invasión del Estado chileno en el Gulumapu (País Mapuche Occidental) fue proclamada por los historiadores ‘liberales’ de la época con el eufemismo de ‘Pacificación de la Araucanía’, como si la introducción de las instituciones estatales significara el fin de la violencia (Encina, 1970; Leiva, 1984; Blancpain, 1989; Cerda-Hergel, 1996). Sin embargo, a pesar de que a consecuencias de la ocupación estatal se produjo el desmantelamiento de los contextos en que floreció el fraccionalismo -desde la erradicación de los malones, el desarme de los conas y eliminación de los circuitos de circulación interna de la riqueza- lo que no se logró eliminar con igual facilidad fue la violencia interpersonal, fenómeno que persistió, a pesar de las acciones represivas de las nuevas autoridades. ,

Históricamente, los principales crímenes reconocidos por la sociedad mapuche fueron el adulterio, el robo de mujeres, el asesinato, el robo, la brujería con homicidio y la traición; algunos de estos delitos eran castigados con la pena de muerte o bien se conmutaba por un intercambio de bienes o pago de compensaciones. Judicialmente, eran los parientes de los sujetos agredidos o de las víctimas, quienes ejercían el derecho a la venganza o al castigo (Cooper, 1946: 758). No obstante, el desarrollo de las fronteras y el acceso ilimitado a las riquezas que proporcionó el malón y la ganadería, provocó también una transformación jurídica, dejando de modo creciente en los lonkos o jefes locales la capacidad para iniciar acciones de castigo contra los agresores. La mayor estratificación y jerarquía social basada en la riqueza material que se registró durante el siglo XIX, la expansión de la autoridad de algunos jefes sobre el espacio privado del lof, la aparición de los ‘nidol lonko’ a nivel regional y el poder político que comenzaron a detentar algunos sujetos, también se tradujeron en una creciente concentración del poder ‘judicial’ en manos de los lonkos. La paulatina ‘señorialización’ de la sociedad tribal y el desarrollo de las grandes jefaturas -como las de Calfucura, Colipí, Coñuepan, Sayhueque y Neculmán por nombrar algunas- se tradujeron en el mundo de lo cotidiano en un mayor fortalecimiento de la autoridad de los jefes; en ese contexto, en casos de disputas entre linajes o de conflictos de índole doméstica, las víctimas acudían a los mencionados ‘señores’ para que les hicieran justicia.

Pero este proceso de acumulación de ‘poder judicial’ llegó a un súbito término con motivo de la ocupación estatal. La eliminación de los lonkos como interlocutores o mediadores frente al Estado, justo cuando la sociedad mapuche atravesaba una de sus peores crisis y cuando comenzaban a emerger las primeras disputas entre los mapuches por tierras, provocó un quiebre del sistema tradicional de justicia y abrió las puertas para que la ‘guerra de todos contra todos’ se hiciera en parte realidad. El colapso de los lonkos, causado por la invasión del Estado chileno, en pocas palabras, fue seguido por el caos manifestado por un recrudecimiento de la violencia inter personal, las disputas internas y la división política de las comunidades. Si antes la sociedad mapuche era segmentada, lo que se observaba a comienzos del siglo XX era su atomización extrema. Solamente esfuerzos aislados por mantener la unidad de los butalmapus (tierras grandes), la realización de coyan (parlamentos) y futa trawun (grandes reuniones) y la proliferación de los nguillatunes (reuniones comunitarias), proporcionaron la contrapartida a un fenómeno que amenazaba con terminar la tarea de etnocidio -entendido como la eliminación de un pueblo en sus aspectos sociales, económicos y espirituales- que inició el Estado.

La violencia interpersonal protagonizada por los mapuches del Gulumapu ocupado, continuó operando como un mecanismo que resarcía, como antaño, de los robos, agravios, heridas e injurias que se sufrían a manos de los demás. Aún más, y ésta es la hipótesis central de este estudio, el antiguo fraccionalismo basado en las diversas identidades y las luchas domésticas entre los mapuches recrudecieron durante este período, como una verdadera negación del discurso ordenador que subyacía a la ocupación estatal. Sin duda, los enfrentamientos perdieron las connotaciones etno territoriales y ya no envolvían a las grandes agrupaciones tribales, pero no por ello carecían de intensidad. La muerte de un peñi a manos de otro peñi, el cuatrerismo que llevaban a cabo bandas de mapuches contra reducciones vecinas, incluso la violación de una mujer mapuche, constituía actos de negación tanto del admapu como de las nuevas normativas porque, está de más decirlo, fueron acciones realizadas al margen del nuevo marco jurídico tribal o estatal. Eran, de facto, la manifestación más concreta del desmoronamiento de las instituciones tribales y la prueba evidente del fracaso de estatismo. Es cierto que la violencia mestiza y la criminalidad popular fueron rasgos generalizados de la nueva ‘Araucanía’, tal como lo fue también la agresión patronal y el abuso policial, pero la violencia interpersonal que impregnó al mundo mapuche durante esos aciagos años merece una atención especial (Pinto, 1985 y 2001; Parentini, 1989; Contreras, 1990; Amengual, Vásquez y Zapata, 1996; León, 2001; León, 2005b). Fue, al fin de cuentas, uno más entre los altos costos que pagaron las comunidades mapuches en su transición forzada desde el tribalismo hacia la modernidad. Se convirtió en el despropósito de la ‘Pacificación’.

 

2) El fracaso de la “Pacificación”

“El juez de la subdelegación que suscribe certifica que no es posible aprehender a los indígenas Menehiguero Melin, Marigual y Levin que aparecen en este sumario como principales autores de los crímenes que se investigan porque según es notorio son los jefes o cabecillas de las partidas de indios armados que hostilizan la frontera desde tiempo atrás y se encuentran en el territorio indígena y fuera de la jurisdicción de este juzgado.” (Archivo Regional de la Araucanía. Fondo Judicial de Angol, en adelante AJA, vol. 2, fj. 8, Criminal de oficio por robos e incendios contra Meri, Melín y otros, Los Sauces 1881)

Con estas palabras, un funcionario del Estado chileno dio cuenta, en 1881, de las dificultades que enfrentaban los jueces para ejecutar su labor debido a la discontinuidad de la ocupación estatal del antiguo Gulumapu. Perseguir sujetos que no caían bajo la jurisdicción de un tribunal solamente podía ser posible en esa región, en que apenas un río o una quebrada profunda separaba mundos regidos por sistemas políticos e institucionales distintos. No obstante, cuando las condiciones materiales lo permitieron, los jueces chilenos capturaron a los mapuches que trasgredían la Ley y los sometieron a sus dictámenes judiciales. Pero la rigurosa mano judicial no llegaba a todos los rincones de la Tierra. Así, en pequeños bolsones territoriales, los mapuches seguían operando en sus relaciones interpersonales de acuerdo a sus códigos y estatutos, al margen del sistema jurídico implantado por el Estado.

¿Por cuánto tiempo prevaleció esta situación judicial tan ambigua? No sabemos la respuesta exacta a esta interrogante, pero si podemos asegurar que casi un cuarto de siglo más tarde aún algunos mapuches continuaban actuando como si el Estado chileno no existiera, mientras otros hacían caso omiso de la autoridad que detentaban sus agentes policiales o judiciales. En otras palabras, un número importante de mapuches no le otorgaban a la institucionalidad estatal el grado de legitimidad que se requería para hacer gobernable la región. A pesar de que estas conductas pueden ser interpretadas como expresiones de las estrategias de la resistencia mapuche contra el sistema huinca y que corresponde a un accionar político dirigido a preservar la identidad, lo cierto es que también tuvo efectos negativos sobre el propio mundo tribal. Uno de ellos fue que, debido a la reiteración de hurtos de animales y bienes, para muchos funcionarios del Estado -léase jueces, profesores, policías, patrones y colonos- el mapuche comenzó a ser visto como un mero ladrón:

“Tuve sospecha en los indígenas Antonio y Juan Cuminao que viven vecinos del fundo -declaró en 1900 el administrador de un fundo al denunciar el robo de una vaca- (…) en la noche citada se buscó al animal perdido y en la mañana del siguiente día se encontró dentro de dicho fundo un perro de los Cuminao; y los rastros llegaron muy cerca de la casa de aquellos. Tengo sospecha en Antonio Cuminao quien fue visto en ese día de a pie caminar por dentro del fundo y con el mismo perro que fue encontrado al siguiente día del hurto.” (Archivo Regional de la Araucanía. Fondo 1º Juzgado de Temuco, en adelante AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Antonio Cuminao por hurto, Temuco 1900)

Como en los viejos tiempos, el mapuche era tratado por las autoridades chilenas como un extraño. Y no se trataba de cualquier extraño, sino de uno que actuaba criminalmente y sobre el cual recaían las peores acusaciones. La presencia de una partida de jinetes mapuches despertaba sospechas y arcaicos resquemores pues para aquellos que habían vivido en los días de la vieja frontera y en cuya memoria aún persistían los gritos de alarma, disparos y cañonazos, que generaba el malón, no era posible ignorar el temor que causaba la aproximación de una turba de mocetones chivateando, con sus cabellos al viento y blandiendo sus bastones como antaño llevaron sus huaiquis. Más de algún colono o labrador, asentado en medio de la campaña solitaria, podría pensar que en esas cabalgatas se reiniciaba la guerra de antaño, esa guerra que dejó un rastro de muertos, incendios y destrucción; por supuesto, los más conocedores suponían detrás de las cabalgatas mapuches al típico grupo de cuatreros que, en medio de la algazara y de los chivateos, celebraba el suceso de su empresa:

“Viendo que unos indios traían un cuero y carne los hizo detener para averiguar su procedencia -señaló en su parte un soldado que se encontró con una partida de mapuches cuando pasaba por los terrenos de la comunidad de El Manzanal, en las cercanías del río Quepe- (…) Los indios se negaron a mostrar el cuero y como el soldado insistiera, entre tres lo echaron al suelo con caballo y todo, le quitaron la carabina y la gorra y emprendieron la fuga. En cuanto se avisó al Cajón, salió el sargento Roberto Sepúlveda acompañado de varios paisanos a tomar a los hechores. Estos se tomaron en Villalepe. Se les quitó la carabina y se tomaron presos. Uno de ellos se llama José Luís Parra. El otro ni aún quiso decir su nombre. Se remite asimismo a ese Juzgado un cuchillo y una navaja encontrados respectivamente en poder de los expresados indígenas José Luís Parra y Juan Antón, de pésimos antecedentes como cuatreros.” (AJT 1º, vol. 19, fj. 1, Causa criminal por atentado contra José Luís Parra, Millanao y Juan Antón, Cajón 1895)

Bastaba que un sujeto luciera como mapuche para que se le retratara como criminal, incluso por sujetos que les conocían bien y que convivían diariamente con ellos. El peso de los prejuicios era más fuerte que la realidad. Al fin, ¿qué importaba que los mapuches fuesen enjuiciados por crímenes que no habían cometido, si durante ese tiempo los verdaderos culpables podían gozar de su impunidad? Como se desprende de algunos juicios ventilados en esos años, no era excepcional que los bandidos ‘chilenos’ más redomados, achacaran la responsabilidad de sus robos a mapuches que detentaban notoriedad como cuatreros:

“El siete del actual, en la noche, pasó a mi casa el indígena Painén Lepín y me pidió que lo fuera a acompañar para ir a buscar una yunta de bueyes en la reducción de los indígenas Tralmas - confesó en marzo de 1900 Manuel Arraigada y Mora, gañán y cuatrero originario de Angol - fuimos allá y no encontramos bueyes; pero a la vuelta vimos varios bueyes en el fundo de don Rosario Muñoz y Painén me dijo que de aquí sacáramos una yunta y efectivamente tomó dos bueyes, que por ser de noche me parecieron blancos y los llevamos para Colimallín y de este punto, Painén los llevó en dirección a su casa, pues yo quedé en la mía. Painén me dijo que una vez que vendiera los bueyes me gratificaría con algo.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Manuel Arriagada, Painén Lepín, José Zavala y Leonidas Salazar, por hurto de dos bueyes una yegua y un potrillo, propiedad de José del Rosario Muñoz, Temuco 1900)

La versión del mapuche Pinén Lepín, de 30 años y varias veces preso por hurto de ganados, fue sustancialmente distinta:

“Dijo en correcto castellano: que es completamente falso que haya hurtado la yunta de bueyes que reclama don José del Rosario Muñoz y si me confesé culpable fue ante los gendarmes fue por temor a las amenazas y castigos, es falso así mismo lo que declara Arriagada en mi contra pues jamás lo he acompañado en hurtos de ninguna especie.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de Pinén Lepín, Temuco 1900)

Arriagada fue condenado a 4 años y un día, y los demás reos sobreseídos. Lo importante es que, a pesar de ser inocentes, los mapuches aparecían continuamente involucrados en causas judiciales por cuatrerismo. Como si el peso de su fama de maloqueros se extendiera más allá del mundo real para situarse en el turbio mundo de los mitos:

“Es verdad que en mi poder se encontraron los dos bueyes que reclama Miguel Cuevas y la oveja que reclama don Camilo Godoy”, confesó en septiembre de 1904 Bonifacio Morales, “pero solo soy culpable del hurto de la oveja que hurté a don Pascual Matus. Los bueyes los arreaban unos individuos con los cuales me junté en el camino y que no conocí y que cuando se aproximaron los gendarmes huyeron aquellos y me dejaron con los bueyes solo....les dije [a los gendarmes] los nombres de Ramón Mellado, Julio Huentecol y Quilahueque indígenas conocidos míos por el temor que me pudieran castigar.” (AJT 1º, vol. 17, fj. 3, Causa criminal por hurto contra Bonifacio Morales, Temuco 1904)

En un universo entrecruzado por acciones delictivas, de marginalidad y de resistencia, los bandidos ‘chilenos’ y los últimos maloqueros mapuches se daban la mano para sumarse a la danza que se desarrollaba en los estrados judiciales. Era el fruto natural de una historia que tenía más años que sus protagonistas y que atrapaba a los hombres como las corrientes profundas de los ríos, sumergiéndolos en la turbulencia de sus cenagosas profundidades. Mucho más graves, en todo caso, fueron aquellos incidentes en que los conspiradores contra los mapuches pertenecían al cuerpo de policías:

“A mi me aprehendió la fuerza de gendarmes [denunció en 1905 el mapuche Juan Quilallán, de 13 años de edad], (…) y me llevó al monte y por las amenazas que me hizo y temiendo que me iba a castigar y tormentar [sic] porque sé que así lo acostumbran, culpé a Ignacio Tralcal del hurto de los potrillos y del potro....pero todo es falso y Tralcal no tiene ninguna culpabilidad y yo nada se sobre dicho hurto. Los gendarmes allanaron varias veces mi casa, que es lo de Tralcal, sin encontrar carne ni cuero, ni otra especie sospechosa.” (AJT 1º, vol. 19, fj. 8, Causa criminal por hurto contra Ignacio Tralcal y Juan Quilallán, Temuco 1905)

¿Qué sentido tenía, en esos momentos, hablar de ‘Pacificación’ o mencionar el vocablo patria a un sujeto que sufría en carne propia los abusos que cometían los representantes del nuevo Estado? ¿Quién podía imponer restricciones a quienes operaban legitimados y respaldados por la fuerza o eran pagados por el propio Estado, como fue el caso de los así llamados Protectores y Jueces de Indios? Para los mapuches de la época, el pasado iba lentamente cubriéndose de un áurea mitológica poblada de grandes guerreros, lonkos y toquis que no solo galopaban libres por las praderas del puelmapu o compartían sus bienes, riquezas y alimentos con el resto de la comunidad mientras ejercían su gobierno con sabiduría y equidad; para otros, la memoria era solo un refugio que les daba algún comodidad durante los funestos días que les tocaba vivir. Entre la angustia y la desesperación, la historia del futuro se alzaba como una muralla infranqueable, nefasta y aborrecible:

“Me dieron mucho que pensar los atropellos que se estaban cometiendo, no solo a nosotros, sino a varias comunidades [relató Martín Painemal al dar cuenta de su migración hacia Santiago a mediados de la década de 1920], llegaban los señores receptores y un par de carabineros y ¡vamos arreando los animales por unas porquerías de pesos no más! No había para qué hacer eso. Los comerciantes mandaban a su gusto, autoridad no había. Había un carabinero y un juez, pero no tenían derechos para autorizar los embargos. Por eso me marché, por la indignación que me daba.” (Foerster, 1982: 37)

Para muchos habitantes originarios del antiguo Gulumapu, la historia de los hombres libres había terminado en medio de traiciones, engaños, abusos y usurpaciones; comenzaba para ellos la larga caminata para encontrarse con el Leviatán.

 

3) La difícil transición del tribalismo al estatismo: la criminalidad mapuche

En su propio país, donde fueron soberanos y autónomos, los mapuches fueron transformados en marginales y delincuentes. El Estado chileno, con sus nuevas leyes y normativas y su amplio aparato policial y judicial, no solo estaba en condiciones de codificar la cotidianeidad y realizar la metamorfosis de antiguas prácticas en crímenes, sino que también caía bajo su imperio la capacidad de enjuiciar y castigar. El Leviatán develado en sus facetas más siniestras, imponía sus políticas y se hacía finalmente presente entre sujetos que nunca sospecharon el verdadero poder que entró al Gulumapu para quedarse para siempre. “Fue una verdadera intervención explosiva la que hizo el Estado chileno en la sociedad mapuche”, escribió José Bengoa, “no solo les quitó las tierras, sino que los agrupó en forma arbitraria y, así, los obligó a convivir de un modo por completo artificial” (Bengoa, 2002:54) Judicialmente, el Estado transformó a muchos mapuches en criminales por el solo hecho de continuar viviendo como mapuches. Enfrentado a la acusación que alzaban en su contra las autoridades y el dueño de un buey robado, el mapuche Juan Antón defendió su inocencia manifestando:

“Yo nada sé acerca del hurto del buey de Pedro Fuentes. Hace tres días que José Luís Parra le compró a un chileno de nombre Nicodemus la carne de un caballo que se le había muerto. Fuimos ese mismo día a traerla al lugar llamado Coyingüe o Traipo, yo, Parra y Millanao, no Marinao, y nos dirigíamos ayer hacia Truftruf con el fin de llevarle la carne a una mujer de Parra que vive ahí....” (AJT 1º, vol. 19, fj. 6, Declaración de Juan Antón, Cajón 1895)

No se puede decir que los robos de animales obedecían a la dinámica de la guerra, o que se insertaban en un proceso de resistencia étnica pero si pueden ser vistos como manifestaciones del descontento generalizado que imperaba entre los mapuches del gulumapu. Pero tampoco se puede decir que los robos obedecían a una estrategia de enriquecimiento personal o de gestación de mercados internos. Su principal móvil fue más bien la captura de bienes y propiedades para el beneficio personal, para el sustento cotidiano. No habían en estas acciones elementos que se podrían catalogar como ‘políticos’, toda vez que solamente dejaban en evidencia las modalidades desarrolladas por el abigeato. En otras palabras, el mapuche cuatrero era simplemente un hombre que actuaba de acuerdo a una tradición que ya no conocía los límites que antes imponía el admapu.

“El viernes dos del presente [denunció en marzo de 1900 el agricultor Amador Vellosa] me dirigía a pie y solo, al lugar de Boyeco y mas allá del puente Temuco y del medio de un matorral, me salieron dos indígenas, de entre los cuales reconocí perfectamente a Juan Antonio Mateo, que esta presente, y amenazándome este, intimó con un puñal y se me fueron encima y a viva fuerza me despojaron de los botines, que han encontrado en poder del reo Juan Antonio Mateo y el pañuelo que esta presente, el chaleco y el sombrero y después de haberme tenido amarrado con los brazos por detrás y dándome de golpes y apretado fuertemente la garganta, me soltaron y me volví a este pueblo. El otro indígena no lo conocí. Por los golpes que recibiera en este salteo, no me había sido posible dar aviso a la policía para perseguir a los culpables.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal por hurto contra Juan Antonio Mateo, Temuco 1900)

Antonio Mateo, mapuche de 20 años y de oficio agricultor reconoció abiertamente su participación en el crimen. En su confesión dejaba entrever las causas que movían a los peñis a cometer esta suerte de delito:

“Es cierto que yo en unión con otro mapuche, cuyo nombre ignoro, patraquee [sic] a Amador Beroisa el dos del presente al oscurecer y le quité los botines y pañuelo que han encontrado en mi poder (...) cometí este crimen que por mi ignorancia y porque andaba algo ebrio.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de Armando Mateo, Temuco 1900)

Mateo fue condenado por el juez común de Temuco a 3 años de presidio; posteriormente se rebajó la pena a 540 días de presidio y 50 azotes en atención a la buena conducta anterior del imputado. Finalmente se redujo la pena de 240 días de presidio y 25 azotes considerando que era primera vez reo.

Los severos castigos que imponían las autoridades judiciales a los mapuches no amedrentaban al resto. Apenas unos días más tarde, fueron presentados ante el mismo juez tres mapuches acusados de robar un par de bueyes al arrendatario alemán Enrique Hesse que mantenían en sus tierras de Molco:

“Huinca dice que acompañó a Pedro y Antonio Alchahueñis a robar los dos bueyes e don Enrique Hesse y que, mientras los Alchahueñis mataban uno de los bueyes cuya carne íntegra la recuperó el Señor Hesse, él espiaba este señor para que no los sorprendiera. Agrega además que también los acompañó a Temuco adonde fueron a vender el otro buey y el cuero del que habían muerto... quedando en ésta prefectura y a disposición de VS las siguientes especies: un caballo y una yegua, dos novillos y un buey de Huinca, además una montura del mismo reo. Tanto los novillos como el buey fueron traídos porque Huinca se ofreció espontáneamente a pagarlos al señor Hesse en cambio de los dos que le robaron sus yernos.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Criminal por hurto de dos bueyes propiedad de don Enrique Hesse, Nueva Imperial 1900)

Los tres mapuches negaron los cargos. Antonio Blanco, uno de los principales inculpados en el delito, manifestó:

“que no ha tenido noticia del hurto de los bueyes de don Henrrique Esse. Es falso que haya tomado parte en este delito como se expresa en el parte de policía y no recuerda haber hecho esa confesión y si algo dije a los soldados fue por los castigos que me hicieron, amarrándome por los brazos y me azotaron pero no tengo ninguna seña en el cuerpo.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de Antonio Blanco, Nueva Imperial 1900)

Hesse, supuesta víctima de los mapuches inculpados, aceptó el pago extrajudicial de un buey y dos novillos a cambio de los dos bueyes hurtados, acogiendo la costumbre mapuche. Los mapuches fueron sobreseídos y puestos en libertad y se ordenó la devolución de sus animales, a pesar de haberse negado a pagar el costo de manutención en cuarteles de la policía. Finalmente una yegua se la quedó el juez de Temuco, otra la dejaron en el camino por cansancio, y los policías se negaron a devolver el buey y los novillos de Huinca, mientras Hesse continuó reclamando los animales que los mapuches le prometieron devolver según acuerdo extrajudicial. Como en los viejos tiempos de la frontera, se imponían sobre el derecho positivo las prácticas desarrolladas en la cotidianeidad. En tanto que la mayor parte de las causas relacionadas con robos de animales fueron tradicionalmente sobreseídas por las autoridades judiciales cuando los acusados eran huincas, en el caso de los cuatreros mapuches fueron especialmente severas; no obstante, los conflictos y tensiones vecinales que generaban los robos y depredaciones cometidos por mapuches contra colonos o agricultores huincas no cesaron:

“El Miércoles 17 del presente, a las oraciones, me hurtaron de mi hijuela, ubicada en el Roble Huacho de este Departamento [declaró un agricultor en 1907] un buey peuco-mulato. No me cabe la menor duda que el autor del delito ha sido el indígena José Mariqueo, hijo del cacique del mismo apellido que tiene su reducción en el lugar...” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de Antonio Blanco, Nueva Imperial 1900)

Los robos de animales constituían uno de los legados históricos más arraigados en la población mapuche asentada en los territorios controlados por el Estado. Robar animales, como hemos señalado, era parte de una tradición y de un modo de vida. En su momento, el modo de producción ganadero mercantil que echó sus raíces en el wallmapu, había dependido justamente de la captura de animales ajenos. Pedro Huaiquil y Pedro Queupul, ambos asentados en las cercanías de Temuco, debieron comparecer en julio de 1905 al Juzgado criminal de Temuco bajo la acusación de haber hurtado una vaca y su vaquilla:

“La vaca llegó a casa del reclamante - reza el parte de denuncia - llevando en las astas un pedazo de cordel. Siguiendo las huellas que dejaron los autores del hurto, los guardianes encargados de la pesquisa llegaron hasta la casa de los nombrados, habiendo encontrado en la habitación de Huaiquil un cordel que sin duda corresponde al que llevaba la vaca en las astas.” (AJT 1º, vol. 19, fj. 1, Causa criminal por hurto contra Pedro Huaiquil y Pedro Queupul, Temuco 1905)

No obstante, en la nueva realidad socio económica que impuso la ocupación estatal, también comenzaron a ser más frecuentes los robos entre mapuches, según se desprende de los archivos judiciales:

“Declara Hueche Paillaqueo [se lee en un expediente por hurto en 1907] por medio de un intérprete que le robaron una yunta de bueyes en el lugar de Boyero...encontrados los bueyes en poder de Andrés Huanque de Boroa, Departamento de Imperial.” (AJT, vol. 21, fj. 5, Causa criminal contra Juan Pilquilaf y Juan Huichaqueo por hurto de bueyes, Temuco 1907)

Andrés Huanque alegó en su defensa que los animales los había comprado a Juan Pilquilaf “en presencia de muchas personas. Interrogado al respecto, Pilquilaf declaró:

“Llegó a mi casa el indígena Juan Huichaqueo a quien conocía antes, con una yunta de bueyes, acompañado de otro individuo que no conocía y me propuso venderme dichos animales y le di por ellos una vaquilla y sesenta pesos en dinero.” (AJT, vol. 21, sin fj., Causa criminal contra Juan Pilquilaf y Juan Huichaqueo por hurto de bueyes, Temuco 1907)

Un año más tarde, el mapuche Pancho Francisco fue acusado del robo de una yunta de bueyes pertenecientes a Martín Alonqueo, en las cercanías de Roble Huacho. Llevado el caso a los tribunales, fue sobreseído; al parecer, cuando estos hechos acaecían entre mapuches, no todo parecía ser tan claro y transparente como lo habrían deseado los funcionarios judiciales:

“Bien pudo ocurrir que un tercero [alegó el abogado de Pancho Francisco después que éste pasara casi seis meses en la cárcel sin que se apresuraran las diligencias] por venganza, haya cometido el hurto, descuerando los bueyes un poco lejos de la casa del reo y los cueros dejándolos más cerca....” (AJT 1º, vol. 22, fj. 27, Causa criminal contra Pancho Francisco por hurto de animales, Temuco 1908)

En otros casos, la apariencia del robo podía no ser más que un malentendido:

“Pero no lo hemos hurtado [señalaron dos mapuches acusados del robo de un caballo que se encontró en su poder], pues habiéndolo encontrado suelto en el camino de Roble Guacho....lo tomamos para entregarlo a su dueño” (AJT 1º, vol. 17, fj. 1, Causa criminal por hurto contra Juan Huenchuñir y Juan Quilatan, Temuco 1904)

Pedro Antonio Epuleo, acusado en diciembre de 1906 de haber participado en el robo de dos bueyes, declaró con cierta ingenuidad:

“Me encontraba en casa de mi tío Huenehueque, cuando llegó Quilapán y su hijo segundo del mismo apellido, con dos bueyes que resultaron ser un tal Fuentes a quien conocían antes, luego acordamos matarlos para comer carne, lo que efectuamos.” (AJT 1º, vol. 20, fj. 5, Causa criminal por hurto contra Francisco Huairao, Pedro Antonio Epuleo, Antonio Huenehueque, Juan Quilapán y Segundo Quilapán, Temuco 1906)

La tradición del abigeato y el cuatrerismo, como se ha dicho, tenía profundas raíces en el Gulumapu. Por eso, incluso cuando pesaba sobre los mocetones la amenaza de severas penas judiciales, estos proseguían desafiando al poder para ganar la fama que antaño gozaron los weichafe:

“Observé la conducta de Quidel Traupal por cuanto tenía antecedentes para creer que era ladrón -señaló en una denuncia por robo Eduardo Schmidt propietario del fundo Nilquilco- y hasta hoy su conducta no ha variado pues todos dicen que es un ladrón reconocido.” (AJT 1º, vol. 17, fj. 1, Causa criminal contra Antonio Trangolmo por hurto, Temuco 1904)

Esta acusación fue corroborada por una segunda denuncia realizada por José Rosario Ibáñez, quien denunció el robo de una yegua y un caballo: “Sospecha del indígena Antonio Trangolmo que se halla detenido como presunto autor del delito por ser de malas costumbres”. Capturado por las autoridades, Trangolmo reconoció el robo, agregando “que los indígenas Blanco y Antonio, que viven a orillas del estero Calbuco, le habían dado siete pesos, recibiendo ellos el caballo y la yegua que acabamos de hurtar” (AJT 1º, vol. 17, fj. 2, Confesión de Antonio Trangolmo, Temuco 1904).

Los robos de animales protagonizados por mapuches tenían lugar de modo regular; si bien no se puede establecer desde las fuentes sus ciclos y fechas de apogeo, lo cierto es que nada ponía fin al cuatrerismo que aún sacudía los territorios tribales ni se lograba frenar la aspiración de algunos mapuches de ganar fama como cuatreros. Antonio y Quidel Trangol estuvieron entre aquellos hombres de mala fama que conoció el Gulumapu de comienzos del siglo XX. Ambos eran, según un escrito judicial de la época, indígenas de muy malos antecedentes. Despojados del halo de heroísmo que rodeaba a los weichafe de antaño, los mapuches más audaces que se atrevían a desafiar al sistema estatal y transgredir sus reglas solamente acumulaban la fama de renegados y criminales que les achacaban los jueces:

“Según averiguaciones [señala una denuncia presentada contra el mapuche Juan Lleuvul, después que se le acusara del robo de cinco pesos a un menor de edad], es un individuo de pésimos antecedentes, reconocido como ratero y antes estuvo en la cárcel por el hurto de unas ovejas” (AJT 1º, vol. 19, fj. 2, Causa criminal por robo y hurto contra Juan Lleuvul, Temuco 1905)

Lleuvul, de no más de 18 años de edad, ya había acumulado un largo prontuario. De acuerdo a su primo hermano Quidel Coñopán, éste lo había convencido de que con cinco pesos lograría arreglar el entuerto que se creó con el robo:

“Iba con él a comprar un barril de vino para celebrar el entierro de un cuñado mío [declaró Quidel Coñopán en el juzgado] (…) Lleuvul andaba en un caballo y montura míos y como me dijera que si pagaba cinco pesos dejarían a mi primo hermano en libertad y que en caso contrario también me tomarían preso, me vi obligado a empeñar una prenda y pagar los cinco pesos...” (AJT 1º, vol. 19, fJ. 4, Declaración judicial de Quidel Coñopán, Temuco 1905)

En más de una oportunidad, los mapuches involucrados en delitos penados por el nuevo marco jurídico estatal intentaron evitar llegar a los tribunales de justicia y prefirieron pagar por sus crímenes de acuerdo a las modalidades establecidas por el admapu. En ese contexto, lo más probable es que buena parte de los pleitos que se originaban entre vecinos huincas y mapuches hayan sido subsanados siguiendo la tradición tribal más que el derecho positivo. Pero cuando estos mecanismos no fueron suficientes y los conflictos llegaron a los estrados judiciales, no siempre los mapuches aceptaron los cargos que se hicieron contra ellos como cuatreros:

“Es completamente falso que yo haya hurtado las dos yeguas que se reclaman [señaló en su declaración Juan Curinao a través del interprete Rafael Burgos, con motivo de ser acusado del robo de dos yeguas] (…) soy hombre honrado y no tengo necesidad de robar y hacen cinco días que he llegado con animales de la Argentina...” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Juan Curinao por hurto de una yegua con cría de propiedad de Baldomero Gangas, Temuco 1900)

Se podría pensar que la participación de mapuches en la comisión de abigeatos se debió más bien a una falta de comprensión de los nuevos mecanismos judiciales que había impuesto el Estado chileno. En ese sentido, la acción de los cuatreros mapuches habría seguido los arcaicos códigos de los weichafes que participaron en los malones de las décadas previas; inspirados por los relatos épicos de sus abuelos y envalentonados por la ausencia de autoridades visibles que pusieran coto a sus acciones, -con la excepción, por supuesto, de Hernán Trizano y sus gendarmes- los mapuches del siglo XX habrían osado repetir las hazañas de sus antepasados dejando ver en sus actos un cierto grado de ingenuidad:

“Es verdad que yo [declaró ante el juez de Temuco el mapuche Martín Huenchual, de 35 años, de oficio agricultor] con Antonio Huilcaleo, hurtamos los bueyes de Antonio Gutiérrez....cometí este delito por consejos de Efraín Sáez, quien me dijo que le hurtara los bueyes a Gutiérrez, porque estaba mal con éste, y porque yo también estaba enojado con Gutiérrez.” (AJT 1º, vol. 20, fj. 5, Sumario criminal por hurto contra Efraín Sáez, Martín Huenchual y Antonio Huilcaleo, Temuco 1906)

Antonio Huilcaleo, su despabilado acompañante, declaró en términos similares: “Yo no tenía intención alguna de hurtar dichos bueyes y solo fui por invitación de Huenchual, quien me dijo que me pagaría para que lo acompañase” (AJT 1º, vol. 20, fj. 9, Sumario criminal por hurto contra Efraín Sáez, Martín Huenchual y Antonio Huilcaleo, Temuco 1906I).

Semejantes expresiones usaron los mapuches Gregorio y Juan de la Cruz Millaleo cuando, en 1904, fueron acusados del robo de dos caballos del fundo de Vilcún: “Es verdad que el 29 de noviembre último en la noche, yo en unión de mi tío Gregorio Millaleo, sustrajimos del Fundo Bilcún un caballo mulato...y uno negro...” (AJT 1º, vol. 17, fj. 3, Sumario criminal por hurto de animales, Temuco 1904).

La facilidad con que los mapuches reconocían su culpa en los estrados dice relación con el evidente choque cultural que afloraba en esos momentos entre dos subjetividades: la del mapuche y la del Juez, que calificaban los hechos de manera distinta. Adrián Hunechupán, mapuche de 18 años de edad, reveló una mayor ingenuidad cuando confesó en 1906 su participación en los robos cometidos contra la propiedad de su patrón Pedro Rico de Allipén:

“Tanto el dinero como las especies las entregaba a Juan Beltrán, quien me indujo y me instigaba a que hurtara cuanto pudiera....diciéndome que después abandonara la casa y me fuese con él, entonces él ultimaría a don Pedro Rico. Yo no había hurtado ninguna cosa antes y si lo hice ha sido, como ya lo dije, por las promesas, instigaciones y amenazas de Juan Beltrán, quien está mal con sus patrones” (AJT 1º, vol. 20, fj. 5, Causa criminal por hurto contra Adrián Huenchupán y Juan Beltrán, Temuco 1906)

En la Araucanía de antaño, uno de los principales motivos para los asesinatos y muertes fueron los afanes de venganza que separaban a los linajes por antiguas desavenencias, disputas y pleitos nos resueltos. Eran los elementos más característicos de las antiguas estructuras tribales que persistieron durante siglos al abrigo de la frontera. Sin embargo, una vez producida la ocupación estatal, se podría pensar que ya nadie se atrevería a hacerse justicia con sus propias manos. Pero la realidad difería sustancialmente: “Mi hermano fue ahorcado”, declaró Mariano Coliqueo al momento de denunciar el hallazgo del cadáver de Mariano Chachallao en las turbias aguas del estero Arquenco, en Codopilla, a principios de octubre de 1906. Hecha la denuncia ante los tribunales, muy poco se pudo hacer para descubrir quienes fueron sus asesinos, recayendo las sospechas sobre Cheuque y Reuque Huilipan, padre e hijo, de largo tiempo enemistados con el occiso:

“El Domingo 30 de Septiembre [señaló en su relato acusatorio el Fiscal del primer Juzgado de Temuco] como a las 7 p.m. pasó el indígena Reuque con el mencionado Chachallao a casa de don Adrián Luchsinger, de la cual salieron poco después y llegaron a la de Santo Marihueque, como a las diez de la noche. Aquí se quedó dormido Chachallao y a instancia y exigencias de Reuque, que se empeñó en despertarlo, salieron nuevamente juntos de esa casa y únicamente Reuque llegó a la vivienda de Cesario Cayunao, donde se alojó y salió de allí en la mañana...mediaba enemistad desde hace tiempo entre Chachallao y el indígena Huilipan, padre éste de Reuque, y se estima que debido a esas circunstancias, fue muerto Chachallao...” (AJT 1º, vol. 20, fj. 2, Sumario criminal contra Cheuque Huilipán y Reuque Huilipán por muerte de Mariano Chachallao, Temuco 1906)

La evidencia que quedó en manos del fiscal era débil para acusar a los Huilipan de la muerte de Chachallao. Según Adrián Luchsinger, después que ambos bebieron en su taberna “se fueron juntos en muy buena armonía, un poquito ebrios...”. Solamente al día siguiente, cuando Reuque retornó a buscar el saldo de un dinero adeudado, “noté cierta inquietud en él y que estaba como asustado...”. No obstante, la prueba más contundente de la culpabilidad de los sospechosos recaía en su desvanecimiento de la localidad: “Desde aquel día no se les ha visto más y se me ha dicho”, declaró el hermano de Chachallao, “que se han ido a la Argentina, trasmontando la Cordillera de los Andes en esos mismos días...”.

En similares circunstancias terminaron los trámites judiciales iniciados para aclarar el asesinato de José Huencho, muerto en los últimos días de enero de 1908 por Ramón Segundo Boroa y Antonio Melín Boroa (AJT 1º, vol. 22, fj. 3, Sumario criminal por la muerte de José Huencho, Temuco 1908).

Robos de animales y hurtos de bienes caían dentro de la categoría de los crímenes cotidianos, pero los homicidios marcaban un cambio sustancial. La vida de los hombres, por más frecuente que fuese la violencia, seguía teniendo un valor innegable:

“En la mañana de hoy ocurrió a este cuartel el indígena Ignacio Trulcal a dar cuenta de que en las inmediaciones del lugar denominado Las Quilas o Chivilcán, se había encontrado el cadáver de Marileo Painemal, residente en Yeupeco” (AJT 1º, vol. 12, fj. 1, Causa criminal contra Juan de Dios Quidel por homicidio, Temuco 1900)

Informada la policía del suceso, acudió al lugar referido el subinspector Víctor Campos, quien constató que el cadáver presentaba una herida de bala en la región frontal. “El subinspector que se expresa”, escribió en su parte Hernán Trizano, ”acaba de regresar en este momento, conduciendo en calidad de aprehendido como presunto autor del expuesto homicidio a Juan de Dios Quidel, a quien por el presente oficio se remite a disposición de VS”. El presunto asesinato de Painemal a manos de Quidel presentó, como en otras oportunidades, todos los rasgos de una tragedia, pues no solo los hombres eran parientes sino que llevaban entre sí el trato de amigos. Por lo demás, como lo declaró judicialmente Quidel, su culpa en la muerte de Painemal era nula:

“Soy araucano, casado, agricultor, de treinta años de edad no sabe leer pero si firmar y nunca preso. Ayer anduve con mi padre Mauricio Quidel en las carreras que tuvieron lugar en Maquehua y en la tarde cuando nos volvíamos se juntó con nosotros mi cuñado Marileo Painemal y nos dijo que iba a ver a su mujer, que estaba en casa de Lincol, mi hermano, pues es hija de este último. Nos pasamos para este lado del Cautín y nos pusimos a beber en los despachos que están a la salida del pueblo. Mi padre y José Luís Llancanihuen se adelantaron y se fueron a la casa del último; y yo con Marileo Painemil nos quedamos bebiendo un rato más. Después de esto me embriague y como asimismo mi compañero y desde esa hora yo no me doy cuenta de mis actos pues no sé como me fui ni como llegué a mi casa, que según mi familia había sido como a las diez de la noche y ni mucho menos sé de mi compañero hasta hoy, cuando supe que su cadáver se había encontrado en el paso de Las Quilas que dista de mi casa como veinte cuadras. Yo no andaba trayendo revolver ni arma de ninguna especie. Por otra parte, el muerto era mi amigo y nos llamábamos cuñado por ser casado con una sobrina. Ignoro quien haya sido el autor del homicidio, porque el cadáver según la herida, ha sido muerto a bala al parecer. Soy hombre honrado y trabajador y si me ha tomado como presunto autor es por el hecho de haberse juntado ayer Marileo Painemal conmigo.” (AJT 1º, vol. 12, fj. 4-4v, Declaración de Juan Quidel, Temuco 1900)

La muerte de Painemal bien podría atribuirse a los infortunios que rodean la vida de los hombres en su transcurrir cotidiano. Nadie que pudiera responder de sus actos por estar ebrios, pero que sí confirmaban ante la justicia estatal los estrechos lazos que unían a las víctimas con sus posibles victimarios. Cuando estas desgracias ocurrían entre mapuches, en medio de las serranías, sin testigos ni huellas visibles, todo quedaba envuelto en la penumbra trágica de una muerte inexplicable. Por cierto, Quidel podía mentir o decir la verdad en su declaración judicial, pues nada podía sindicarlo en un sentido u otro. Eran simplemente dos hombres que enredando sus pasos con la ingesta de aguardiente, terminaron separados por la muerte. Probablemente esta fue la situación que visualizó el juez, pues sentenció en menos de 20 días: “sobreséase en este sumario hasta que se presenten mejores datos de investigación”.

Lo más dramático de la violencia étnica fue cuando los mapuches se convirtieron en víctimas de sus propios compatriotas. Ese fue el caso de María Naipán, asesinada a principios de 1907. De acuerdo a sus parientes más cercanos, los principales sospechosos de la violenta muerte de Naipán fueron sus vecinos mapuches Juan Curileu y Colihuinca Huenchumán quienes habrían actuado motivados por deseos de venganza:

“Estos individuos estaban enojados con mi hermana [declaró judicialmente el mapuche Juan Antinao Picunche] pues hacía poco tiempo se les habría muerto una hija a cada uno, de la viruela y culpaban a la Naipán de ser autora. He tratado de verme con Colihuanca pero no me ha sido posible dar con el porque se esconde. Curileu se ha visto en dos ocasiones conmigo anteayer y ayer quien me ha permitido pagarme por la muerte de mi hermana a fin de que quede en silencio...” (AJT 1º, vol. 21, fj.1v, Causa criminal por homicidio de la indígena María Naipán contra el reo Colihuanca Huenchunao, Temuco 1907)

La brutalidad con que actuó el asesino de Naipán no permitía pensar en accidentes ni casualidades. Aquella noche Huenchumán y Curileu salieron con el propósito de matar. Mezclando sus creencias, de que la muerte era siempre intencional, los hechores se situaron a sí mismos en el incierto mundo de la transición que creaba la modernidad:

“En la noche que asesinaron a mi tía María Naipán yo estaba durmiendo con ella [declaró una sobrina pequeña de la difunta], y sucedió en la forma siguiente. Como a la medianoche o poco después llegó el indígena Colihuanca Huenchunao al ranchito en que estábamos durmiendo, dio un golpe con un garrote o palo a mi tía en la cabeza aturdiéndola, la tomó de los pies y arrastrándola al lado de fuera, sacó un puñal con el que la degolló. En seguida el mismo asesino Colihuanca tomaba con la mano sangre de su víctima y desparramándola a un lado decía: ‘para que culpen a otro de este crimen y no a mí’ y repitiendo varias veces, se dirigió hacia su casa.” (AJT 1º, vol. 21, fj. 12, Declaración de Rosa Lloumey, niña indígena de 10 años, Temuco 1907)

Colihuanca, en el momento de su confesión negó los cargos que se hicieron en su contra y solicitó reiteradamente su libertad durante el año que duró el proceso. Contra acusando a los parientes de Naipán, declaró que la única pretensión de sus detractores era “hacerme sufrir injustamente por un delito que ni por imaginación haya cometido” (AJT 1º, vol. 21, fj. 17, Solicitud de Colihuanca Huenchunao por intermedio de Nicanor Cáceres, Temuco 1907). Para la promoción de su defensa contrató a Francisco Melivilu, “agente judicial y domiciliado en calle Andrés Bello”, uno de los primeros procuradores de origen mapuche que operó en Temuco. Este, a mediados de 1907, interpuso un auto judicial solicitando que se tomara pronto la confesión judicial de Colihuanca, alegando que su “defendido se encuentra enfermo por su muy avanzada edad y tristeza de su injusta prisión” (AJT 1º, vol. 21, fj. 22, Defensa y solicitud de Francisco Melivilu, Temuco 1907).

La más banal de las razones encendía fuegos que eran difíciles de apagar. Incubándose por meses o años, la rabia se acumulaba en el pecho de los mocetones para explotar inesperadamente en el momento menos pensado. Así ocurrió en 1904 con el mapuche Antonio Huenueque, acuchillado de gravedad por su vecino Francisco Huerao en la localidad de Quintilfe. Su esposa, Carmen Yánez, señaló en su declaración judicial que el incidente se produjo cuando con su marido se dedicaban a espantar a palos a los animales de Huerao que se pasaban a sus tierras:

“Luego se formó una pelea. Huenueque le dio un garrotazo con el colihue... [Huerao] se acercó bien a Huenueque quien trató de huir el cuerpo, pero en ese momento dijo: ay, me hirió, y entonces cayó. Huerao luego montó a caballo y se fue....yo no vi si tenía cuchillo porque tenía una manta larga puesta.” (AJT 1º, vol. 17, fj. 3, Causa criminal contra Francisco Huerao por lesiones, Temuco 1904)

El robo también estuvo presente en los actos de agresión interpersonal que protagonizaban los mapuches contra sujetos de su misma condición étnica. En algunos casos, incluso, la víctima era mujer:

“Juana Coñoemán ante VS como más me hallo lugar en derecho digo: que ayer veintisiete del presente fui despojada por un robo violento perpetrado por el indígena Marcelo Paillaleb del lugar denominado Deguel trayéndome sustraídas cien ovejas más o menos, dos yeguas paridas y un potrillo de año para dos.” (AJA, vol. 1, fj. 1, Querella entre Juana Coñoemán y Bartolo Antileo, por robo de animales, Angol 1878)

En la causa, llevada a cabo en Angol en 1878, y que fue posteriormente sobreseída, declaró José Lluico quien, por desconocer el idioma castellano, lo hizo a través del intérprete Juan Colipí. En 1900, Antonio Huitraqueo, residente en Calancuyán, en las cercanías de Temuco, denunció ante el tribunal el robo de 30 ovejas desde sus corrales:

“Las eché de menos [a las ovejas], salí a buscarlas con Nahuelcura encontrando quince en un corral provisorio que había en un monte cercano a las rucas de Antonio Cheuquelen, Antonio Retulen y Juan Meli e Ignacio Juan, individuos muy ladrones y que mantienen en continua alarma a sus vecinos...” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Antonio Cheuquelén, Antonio Retulén, Juan Meli e Ignacio Juan por hurto, Temuco 1900)

Como era habitual en estos casos, los imputados negaron la acusación y por orden de la corte de Concepción fueron dejados en libertad.

En 1904, el mapuche Santiago Neculmán acusó a Trenen Catricura y a Huinere Traipe, de haberle robado un buey de su propiedad:

“Lo llevaron a una laguna que hay a quince cuadras de distancia de mi casa, más o menos, adentro de la laguna lo manearon para botarlo, una vez caído en el agua le dieron la muerte ahogado, ahí lo encontré mi buey muerto adentro de la laguna” (AJT 1º, vol. 17, fj. 1, Causa criminal por hurto contra Trenén Catricura y Huinere Traipe, Temuco 1904)

Un año más tarde, el mapuche Francisco Manqueñir acusó a Francisco Huina, Manque Huina, Juan Lincoñir, Nicolás Tori, Santiago Coilla y Juan Millaquén del hurto de un novillo desde su hijuela. Atrapados por la policía, el grupo de mapuches fue interrogado intensamente, pero todos negaron el robo que les atribuía su vecino comunero:

“En mi casa se encontró carne vacuna [declaró Juan Lincoñir de 60 años], pero nada sé de donde y de qué procedencia es, pues debe haberla traído en la noche el muchacho que cuida mi ganado, que se llama Juan Millaquen, porque éste huyó y no sé donde estará ahora. Sobre el hurto del novillo de Manqueñir no tengo ningún conocimiento.” (AJT 1º, vol. 19, fj. 6, Causa criminal por hurto de un novillo, Temuco 1905)

Incapaces de capturar a Millaquén, que se esfumó en los bosques de Maquehua, las autoridades pusieron en libertad al resto de los mapuches presos, sobreseyendo el caso hasta que surgieran nuevas pruebas. Francisco Manqueñir quedó con el sabor amargo de que el Estado no era capaz de hacerle justicia.

Ese mismo año el mapuche Juan Llancavil acusó a sus vecinos Luís Traipe, Francisco Cayunao, Ezequiel Oñate, Calixto Contreras y Francisco Zenon Melivilo, todos de Maquehua, del robo de cinco yeguas que desaparecieron de su predio. Las pruebas que presentó para defender su caso, sin embargo, fueron débiles:

“En las casas de Benancio Traipe, Antonio Huenuvil y Antonio Millavil encontraron carne de animal caballar y como no pudieron dar explicaciones satisfactorias de la procedencia de dicha carne, creo que sean de mis yeguas hurtadas...” (AJT 1º, vol. 19, fj. 3, Causa criminal por hurto de cinco yeguas, Temuco 1905)

En 1907, Hueche Paillaqueo, a través de un intérprete, denunció ante el tribunal “que le robaron una yunta de bueyes en el lugar de Boyeco...” (AJT 1º, vol. 21, fj. 2v, Causa criminal por hurto contra Juan Pilquilaf y Juan Hueichaqueo, Temuco 1907). Los hechores del hurto resultaron ser Juan Pilquilaf, de dieciocho años, soltero, residente en Rarinco-Leupu, entre Cautín y Quepe, y Juan Hueichaqueo, de 27 años, originario de Labranza. Ninguno de los reos había sido procesado previamente y fueron sobreseídos.

Como en los viejos tiempos, los mapuches formaban pequeñas partidas de maloqueros dirigida a saquear los bienes de sus vecinos:

“que a él lo dejaron cuidando los caballos [declaró un reo de apellido Sáez en 1925], mientras Bernardo Painevilo, Domingo Marimán, Juan Sepúlveda y Julio Peña, entraron en el corral de Levío, disparando el primero de los nombrados 9 tiros de revolver, y los otros tres sacando las cinco ovejas en referencia, quedándose él como recompensación [sic] con una dellas…” (AJT 1º, vol. 161, sin fj., Causa criminal contra Bernardo Painevilo, Domingo Marimán y otros por el robo de ganado menor al indígena Victorio Levio, Temuco 1925)

En general, la evidencia que llegaba hasta los estrados judiciales era bastante frágil y de escaso valor legal: dichos y rumores fundados en la fama de cuatrero de algún sujeto. También se presentaban los testimonios de niños pastores quienes, mientras realizaban sus tareas, observaron en algún momento la comisión de un delito. A ello se agregaba la falta de voluntad del Estado de castigar una acción que, entre los mapuches, era bastante común y mucho más periódica que lo que podían soportar los juzgados y los presidios. Por ese motivo, las causas que llegaron hasta los tribunales fueron más bien excepcionales y tendían a quedar sin conclusión o eran sobreseídas hasta descubrir nuevas pistas para la investigación:

“José Calcumil por medio del interprete Rafael Burgos expuso: hará un mes que le hurtaron de un campo de este lado del rió Quepe, tres yeguas de su propiedad. Investigando el hurto pude saber que su autor era el indígena Juan Huilcan i que había vendido mis yeguas al indígena Pudzo que falleció últimamente.” AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Juan Huilcán por hurto de tres yeguas, Temuco 1900)

Para evitar el sobreseimiento de la causa por falta de pruebas, Calcumil presentó una serie de testigos mapuches que respaldaron sus acusaciones en el tribunal. Entre los que presentaron testimonio figuraron Lorenzo Quintraqueo, Mariano Andrés y Hueche Manqueo. En su defensa participó Juan Ñacuncheo, padre del inculpado. El propio Huilcán, de 25 años, negó los cargos en su contra aseverando “que él es hombre honrado y que jamás se le había imputado un delito de esta clase (...) y que el jamás ha conducido yeguas hurtadas”. Tanto Huilcan como su padre Ñacuncheo, fueron puestos en libertad, el primero por falta de antecedentes y porque el acusador no especificaba la fecha del hurto ni las señales de las yeguas, y el segundo por no tener acusación formal.

Negar las acusaciones fue, en gran medida, una exitosa estrategia para quienes debieron enfrentar a las autoridades judiciales. En 1903, se produjo en Botrolhue el robo de varios animales, recayendo las acusaciones sobre Juan Lleuful: “Soy completamente inocente del delito que se me imputa” alegó Lleuful por medio del interprete del tribunal, “ni sé quien sea el autor del hurto de los animales que reclama Cuminao, a quien no conozco...” (AJT 1º, vol. 15, fj. 4v, Causa criminal por hurto contra Juan Lleuful, Temuco 1903). La suerte de Lleuful fue más esquiva. Poco tiempo después de presentadas las pruebas en su contra, fue condenado a dos años de presidio en grado medio.

No obstante, a pesar del paso de los años y de la mayor experiencia jurídica que tenían los mapuches, los pleitos que se ventilaban entre ellos a través de los tribunales continuaron siendo sobreseídos por sus debilidades legales. Así le ocurrió en 1913 al agricultor mapuche Antonio Collinao, de 60 años, de la localidad de Traipa:

“El veintidós de junio último, me hurtaron de Traipa, dos arados americanos, tres pares coyundas y tres cabestros y ocho o diez días antes, me hurtaron también una yunta de bueyes color negro overo y clavel respectivamente.” (AJT 1º, vol. 58, fj. 2, Causa criminal por sumario hurto bueyes a Antonio Collinao, contra los reos Coliqueo Mariano, José Mulato, Antonio Lafquén, Coeche Lafquén, Temuco 1913)

La base de la acusación formulada por Collinao contra sus compatriotas la proporcionó el gañán Manuel Molina, quien el mismo día del robo presenció el paso de Coliqueo, Curriao y Tori con los animales robados. En todo caso, estos negaron rotundamente la acusación alegando, como sucedió en el caso de Tori, que la noche del robo se encontraba en “casa de un vecino Namuncura en un velorio permaneciendo ahí toda la noche...” (AJT 1º, vol. 58, fj. 10, Causa criminal por sumario hurto bueyes a Antonio Collinao, contra los reos Coliqueo Mariano, Temuco 1913). Un par de semanas más tarde, la defensa de Mulato Tori reiteró la inocencia de este manifestando que “está sufriendo en la cárcel sin haber cometido ningún delito y se le ha podido probar con testigos falsos un crimen que no ha cometido”. A fines de julio de 1915, el juez a cargo del proceso sobreseyó la causa “hasta que se presenten o sean habidos los reos rebeldes Antonio y Coche Lafquén” (AJT 1º, vol. 58, fj. 10, Causa criminal por sumario hurto bueyes a Antonio Collinao, contra los reos Coliqueo Mariano, Temuco 1915). Finalmente, en febrero de 1918, los reos Coliqueo y Tori fueron absueltos de modo definitivo por el juez.

Las acciones violentas que ejercían entre sí los mapuches fue el reverso de la solidaridad que surgía cada vez que un miembro de la comunidad era atacado por un huinca. Reviviendo los antiguos lazos que unían a la etnia desde los tiempos más heroicos de la guerra y recurriendo a las múltiples redes de parentesco y conexiones económicas y laborales que mantenían entre sí los linajes, los mapuches de comienzos del siglo XX todavía presentaban un perfil corporativo que no estaba presente en el mundo de los mestizos y chilenos asentados en la Araucanía. La sangre como eslabón unificador de la comunidad fue, en ese sentido, simplemente amagada por la intervención del Estado pero no totalmente suprimida:

“En casa de Juan Lepín, hubo una tomadura de aguardiente con motivo de un rucan y en medio de la fiesta [denunció Faustino Henríquez en marzo de 1900], me disgusté con Juan Huenche y Coliman, quienes se me vinieron encima armados de cuchillos y después de rechazarlos a puñetazos consiguieron entrárseme, dándome de golpes e infiriéndome las lesiones que tengo de manifiesto, al parecer hechas con cuchillo; pues estaba ebrio cuando la pendencia” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Francisco Coliman (ausente) y Juan Hueche por herida a cuchillo, Temuco 1900)

Juan Hueche, inculpado por Henríquez, negó totalmente los cargos. Su versión fue ratificada por Manuel Nahuelhual, Autavio Peñaipil, José Ángel Creiculeo, Jerónimo Capitán y Juan 2º Lepín, quienes dijeron por medio del intérprete oficial que:

“nos encontramos presente en la fiesta de rucan que tuvo lugar en casa de Juan Lepin el veinticinco del pasado y nos consta que Faustino Henríquez peleó con Francisco Colimán, resultando el primero herido al parecer a cuchillo, pues el hecho fue de noche y no vimos arma cortante. No es efectivo que Juan Hueche haya tomado parte en la pendencia. Coliman ha desaparecido de la reducción, por temor tal vez que lo tomen preso.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Francisco Coliman (ausente) y Juan Hueche por herida a cuchillo, Temuco 1900)

Hernán Trizano encontró a Coliman, sin embargo fue puesto en libertad junto con Hueche por falta de antecedentes. La causa fue archivada sin la confesión de Coliman.

La rapidez con que la comunidad se movilizó para defender en los estrados judiciales a Hueche y Coliman contrasta con la reticencia que mostraban los mapuches a dirimir sus pleitos en los tribunales. Sin deseos de otorgar a los jueces ningún grado de jurisdicción sobre sus asuntos, que estimaban privados, la concurrencia al tribunal significaba para ellos renegar de esa postura al mismo tiempo que se exponían al reconocimiento de sus personas en el ámbito policial. Entreverarse con la justicia siempre era un hecho ominoso del cual los mapuches salían mal parados. Por ese motivo, la solidaridad judicial era un evento novedoso y simbólico de las nuevas formas de solidaridad que generó la modernidad entre los mapuches. Solidaridad que quedó demostrada apenas un mes más tarde cuando Ignacio Ancamil, por medio de intérprete del tribunal, denunció las lesiones que le provocó Pedro Barnachea:

“Asistí a un baile de machis que tuvo lugar en Illaf y cuando regresaba a casa con mi mujer Juana Marinao, como a las diez de la noche mas o menos, me salieron al camino Pedro Barnachea y Emilio Aedo; prendió el primero un fósforo para reconocerme y en seguida se me fue encima con cuchillo en mano y me asestó un tajo en la garganta para degollarme, causándome la lesión que tengo de manifiesto. Grité pidiendo auxilio a mis vecinos y felizmente llegaron inmediatamente en mi ayuda y pudimos entre todos aprehender a Barnachea, pero se huyó después. Aedo solo andaba de compañero de Barnachea y no me ofendió en nada.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra Pedro Barnachea por intento de asesinato, Temuco 1900)

La acusación de Ancamil fue corroborada en el tribunal por Ambrosio Calfutruf, Andrés Manuel Velo, José Ignacio, José Miguel y Martín Huenchuñir, quienes acudieron hasta Temuco con el propósito de defender a su paisano. Pedro 2º Barnachea y Sambrano, soltero originario de Nacimiento, de 22 años de edad, negó las acusaciones manifestando en su defensa:

“asistí el martes veinticuatro del presente a una fiesta de machis o guillatun y en la noche cuando me iba para mi casa, vi una reunión de indios y luego que me vieron trataron de perjudicarme, porque decían que yo había dado un tajo a uno de ellos, cosa que no se había ofrecido pues soy simplemente inocente de este delito. Me dispararon varios tiros y me tomaron preso y en un momento dado, después de haber recibido varios golpes, huí y me escondí hasta que ayer los gendarmes me fueron a sorprender. Ignoro quien haya sido el autor de la lesión a Ancamil.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de Pedro Barnachea, Temuco 1900)

El procurador de turno, que asumió la defensa del afuerino, explotó los prejuicios que existían contra los mapuches para descalificar las pruebas presentadas por los testigos:

“Que esa gente [los testigos indios] haya confundido a Barnachea por otro individuo es muy lógico; todos sabemos que la conclusión de un baile o gillatun de indígenas que no es mas que una insigne borrachera.” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de Pedro Barnachea, Temuco 1900)

Finalmente, el tribunal no desoyó los testimonios y condenó a Barnachea a 2 años y un día de presidio, la cual fue rebajada a 180 días de presidio que cumplió en Traiguen.

Un hecho institucional que facilitó la comparecencia de los mapuches a los tribunales fue la introducción de traductores y procuradores que hablaban mapudungun y que, eventualmente, terminaron actuando como eficaces mediadores en un sistema marcado por su naturaleza transicional: “Toda la exposición precedente”, señala un expediente datado en 1892, “la hace por medio del intérprete oficial a quien se juramentó en forma” (AJT, vol. 2, Causa criminal contra Tomás Vásquez por lesiones, Temuco 1892). En este caso, el intérprete fue Juan de la Cruz Chiguaihuén, quien firmó al pié de la página. Otro afamado traductor fue Rafael Burgos, descendiente quizás del afamado ‘Rafa’ Burgos que dio cuenta Vicuña Mackenna: “Compareció el indijena José Ramón Mariano i juramentado por medio del intérprete Rafael Burgos dijo…”. Esta expresión, usada durante el sumario que se llevó a cabo en 1897 por el asesinato de Duñigual, fue común en los expedientes que se refieren a casos criminales realizados en contra o a favor de los mapuches. También figuraron como intérpretes, en la segunda mitad de la década de 1890, Luciano Visama y Antonio Namuncura. Otro intérprete que participó en varias causas judiciales fue Vicente Tripaiñen, quien firmaba al pié de las declaraciones de los querellantes mapuches. Pero los intérpretes fueron uno más de los nuevos sujetos que generó la modernidad en la Araucanía. Los Procuradores, escribanos y tinterillos también jugaron un papel de importancia -las más de las veces negativo- alentando la celebración de pleitos y juicios de indígenas. No menos importantes fueron los propios letrados que, como en el caso del afamado Juan Ibar, presidieron en los tribunales y en más de una oportunidad interpusieron su autoridad para defender los derechos conculcados de los mapuches y sujetos pobres de la ciudad.

La violación fue uno de los crímenes más severamente castigado por los mapuches antiguos, cuando señoreaban toquis y lonkos sobre los territorios tribales. Con la ‘Pacificación’ la situación cambió diametralmente:

“Mi hija Ignacia Ancavil, de doce años de edad, más o menos, me ha referido que el viernes quince del presente, como a las doce fue violada por Huenchumán Neculmán, en circunstancias que había salido de casa a darle agua a los caballos al río que dista una cuadra más o menos de allí” (AJT 1º, Vol. 101, fj.1, Causa criminal por violación contra el reo Neculmán Huenchumán, Temuco 1918)

La propia afectada corroboró en su declaración que, a poco más de una cuadra de su casa, “fui tomada por Huenchumán Neculmán que me echó al suelo, me subió los vestidos y me violó, yaciendo conmigo una vez”. Sin embargo, la vindicta pública no logró su propósito, pues el malhechor no fue capturado por la justicia. Aún en 1923 se publicaban edictos ordenando su captura.

Bajo los efectos del alcohol, los mapuches de comienzos del siglo XX cruzaban los rígidos códigos que regulaban su conducta social y actuaban, tanto en el campo como en la ciudad, con un grado de descaro que quizás les sorprendía a ellos mismos cuando recuperaban la razón:

“El siete del presente y estándose ya cerrándose la oración [denunció Bernardo Segura a principios de marzo de 1900] me dirigí a mi casa situada en Quepe y en el pueblecito de Villa alegre me salió a atajar el indio José Huina y después de darme de golpes y puñetazos en unión de varios otros indios que no conocí, me salteo un sombrero que es el mismo que anda trayendo Huina, un pavo, veinte centavos de pan, una libra de azúcar i diez centavos de ají. Acuso a Huina que fue el ladrón de mis especies y pido se le aplique la pena que merece” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Causa criminal contra José Huina y otros por robo a Bernardo Segura en la Villa Alegre, Temuco 1900)

Capturado por la policía y llevado ante el estrado judicial, José Huina no negó los cargos que hizo en su contra Bernardo Segura:

“Es cierto que encontrándome algo embriagado me junté con Segura en Villa Alegre y llevado de mi mala cabeza le quité el pavo, veinte centavos de pan, el sombrero con el cual me han tomado preso la policía, una libra de azúcar y diez centavos de ají, el sombrero lo pongo a disposición de VS y pido se sirvan tenerme lastima y aplicarme el mínimo de la pena...” (AJT 1º, vol. 12, sin fj., Confesión de José Huina, Temuco 1900)

Indudablemente, bajo los efectos del vino o el aguardiente -en general de muy mala calidad, de alto grado alcohólico y tremendamente tóxico- los mapuches modificaban su conducta y perdían el recato que debía presidir, de acuerdo al admapu, sobre los contactos interpersonales. Por esa razón, una y otra vez, los lonkos y las vigencias procuraron extirpar estos nefastos artículos desde el Gulumapu: “El Sexto Congreso Araucano”, se lee en el acta de la reunión celebrada en Ercilla en diciembre de 1926, “acuerda solicitar del Supremo Gobierno imparta instrucciones para conseguir el estricto cumplimiento de la ley que hay sobre la materia, imponiendo fuertes multas a las ventas clandestinas en partes rurales…” (Aburto Panguilef, 1926b).

En efecto, los lonkos no ignoraban el impacto nefasto que tenía el alcoholismo sobre su gente que, despojada de sus tierras y de su autoestima, ahogaba su resentimiento en la bebida: “Se acuerda un voto de aplauso al actual Gobierno”, expresa un acta de sesiones de la Federación Araucana de 1929, “por su acción para reprimir el alcoholismo”. Algunos años más tarde, cono motivo del 15avo Congreso Araucano de Tratraico, en 1935, los asambleístas estamparon en sus acuerdos: “Se pide que se declaren zonas secas todas las regiones habitadas por los mapuches para librar a la raza de su peor enemigo que es el alcohol” (Aburto Panguilef, 1935a). Poco se conseguía, sin embargo, para extirpar la práctica de la borrachera entre los mapuches. Un año más tarde, con motivo de la muerte de la machi que asesoraba a la Federación Araucana, Mariquita Millaguir Coñhuenao, en la localidad de Guirimapu-Maquehue, la dirigencia condenó “todas las faltas que se manifestaron en sus funerales por la acción del alcohol…” (Aburto Panguilef, 1936a).

El afán de obtener los bienes o propiedades de otros, quizá con el propósito de continuar bebiendo o parrandeando, no ponía límites a las personas, especialmente cuando actuaban bajo la influencia del alcohol o envalentonados por la presencia de otros maleantes que respaldaban sus acciones: “Enseguida te dije que dejaras viva a mi mujer”, declaró en el careo que sostuvo Francisco Lepín con su victimario Manuel Currinao en 1907, “y que le tuvieras lástima a una hijita que andaba trayendo y tú no le hiciste caso tampoco” (AJT 1º, vol. 21, fj. 7, Causa criminal por robo y lesiones contra José Garrido, Manuel Currinao, Ricardo Gómez y Arturo Alarcón, Temuco 1907). Asaltados en las cercanías de Roble Guacho por una banda compuesta por Currinao y tres forajidos que portaban armas de fuego, Lepín resultó herido de gravedad con golpes de chicote que el mismo Currinao le propinó.

Los mapuches fueron usados como chivos expiatorios por las autoridades policiales y judiciales para expiar muchos delitos, toda vez que su desconocimiento de los mecanismos jurídicos les convertía en víctimas resignadas del nuevo sistema legal implantado por el Estado. Sin embargo, como lo demuestran las fuentes ya citadas, los antiguos habitantes de la Araucanía demostraron poseer la habilidad suficiente para defenderse en los tribunales y el valor para soportar los embates que les imponía la modernidad. También, en el mejor estilo de la resistencia cultural que desarrollan los grupos subalternos cuando se enfrentan al poder del Estado colonial, la “población mapuche, derrotada y sometida, no deja de resistir. En sus reducciones y comunidades los mapuche responden con una transitoria subcultura étnica de resistencia” (Saavedra, 2002:61). Como expresión de esa resistencia en el plano judicial, la mayoría de los mapuches continuaron acudiendo a sus propios lonkos para que ellos, como en los viejos tiempos, dirimieran sus diferencias: “Antes, cuando había un pleito, los mismos caciques juzgaban y sentenciaban como jueces” (Coña, 1973:128). Sobre este fenómeno, que tuvo lugar en la intimidad del lof, no quedan registros escritos ni se guarda en los archivos un compendio documental que pueda ser consultado por el historiador. Quizás algún día la recolección de testimonios orales alumbre la oscuridad que existe hoy en estas materias. Sin embargo, con motivo de la persecución policial que inició en 1929 el gobierno de Chile contra Manuel Aburto Panguilef mientras fue Presidente de la Federación Araucana, un parte policial elaborado por ‘un agente de la policía secreta’ da cuenta de la actividad judicial ‘autónoma’ que llevaba a espaldas del Estado:

“En cumplimiento a la Providencia nº. 625, de 8-11-929 de esa Prefectura, me trasladé a Loncoche, en averiguaciones de las actividades que ejerce en la Provincia de Cautín, el indíjena Manuel Aburto Panguilef, por referencia y los documentos que acompaño, se desprende que sus actividades son amplias y absolutas, entre los indíjenas, no conociendo éstos más autoridad que al referido individuo, quien cobra honorarios por hacer algunas diligencias, como las del legajo nº. 1, de los antecedentes adjuntos, de un reclamo de Antonio Mario Paillalef Llaituquen, con Fermín Sebastián Miguel…en el Legajo no. 3, se comprueba lo aceverado [sic] más arriba, en el sentido de ejercer autoridad autónoma, sin considerar los Tribunales Ordinarios. Por cada diligencia de ésta, se hace pagar $ 10. según consta al final de cada página de los legajos…en el Legajo nº. 5, que se relaciona con un reclamo interpuesto ante él, por Celestino Quileñan Colipi, por cuentos propios entre la raza (hechicerías), para cuyo efecto citó a comparendo a las partes, haciéndose pagar por las diligencias la suma de $ 20. según consta al final del expediente. En el Legajo nº. 6, trata de una presentación hecha por María Loncomilla Santana, en contra de Teófilo Loncomilla,… [ilegible] defensa y excarcelación de los reos Juan Reinate y Segundo Chepo, por lo cual se ha hecho pagar $ 50.00 por cada uno, según consta en la última pájina de este legajo. El legajo no. 8, trata de una reclamación interpuesta por Fernando Paillan contra el Ingeniero Leonidas Durán, por cuya presentación se hizo pagar $ 10.00. En el legajo nº. 9 se comprueba haber intercedido Manuel Aburto Panguilef, para que Pedro Celestino Queliñan, pueda tomar como segunda esposa y en su mismo domicilio a Emilia Urrutia Ceballos.” (Grismaldi, 1929b)

De acuerdo a este documento, la gama de acciones judiciales realizada por el lonko era amplia y variada y, de facto, ponía en entredicho la legitimidad del sistema judicial huinca. De allí que la policía tomará un interés en el asunto. Durante los primeros 20 años de culminada la guerra de conquista, señala Caniuqueo, era evidente:

“que el Estado no estaba aún afianzado en el Gulumapu. Por otro lado, los mapuche de un territorio a otro hacían uso de las estructuras de auto gobernabilidad, especialmente para obtener justicia y someterse a sus dictámenes.” (Caniuqueo, 2006:156)

Por cierto, los nuevos lonkos no eran los grandes ‘caciques’ de antaño; ya no poseían las riquezas, las mujeres ni la fama que otorgaba la vida en libertad; muchos de ellos comenzaron a actuar como lonkos cuando su nombre apareció en los títulos de merced otorgados por el Estado. Hombres que en el proceso de reagrupación que se desarrolló después de la ocupación lograron convertir las nuevas ‘comunidades’ en “espacios de solidaridad y protección” (Mallón, 2004:17). Pero la persecución abierta o solapada que realizó el Estado contra los lonkos que actuaban como jueces en el seno de sus comunidades terminó mermando su autoridad:

“Con el tiempo cuando en todas partes hacían de jueces y subdelegados los caballeros chilenos [escribió Pascual Coña] ya no se hacía caso de Painemill, hasta se le despreciaba un poco; sus mocetones ya no lo miraban muy bien…” (Coña, 1973:124)

Haciendo un recuento del paulatino debilitamiento de la autoridad de los jefes tradicionales y los cambios que experimentó la sociedad mapuche durante lo que denominó el ‘período de las reservaciones’, el antropólogo norteamericano Louis Faron escribió:

“Como ciudadanos chilenos, sin embargo, los mapuche también tienen una serie de derechos y obligaciones, independientes de su status como miembros de la reservación, que los ponen bajo la jurisdicción de las cortes, la autoridad de las cuales es respaldada por la fuerza policial chilena, las organizaciones militares y las instituciones penales.” (Faron, 1961:103)

Globalmente, además, se generaba una situación política volátil que perjudicaba tanto la vida al interior de la reserva como en sus relaciones con los agentes externos (Faron, 1968:61). Alejandro Saavedra, uno de los autores pioneros en el estudio de la ‘Cuestión Mapuche’, comentando los efectos negativos de la ocupación estatal, manifestó en similares términos que “el derecho consuetudinario es reemplazado por una legalidad ajena, externa y en la que nunca participaron los mapuche” (Saavedra, 2003: 60) ¿Cuáles serían las consecuencias inesperadas de este proceso? El Apéndice I, elaborado con información extraída del Archivo Judicial de Temuco muestra, de modo sucinto, la catástrofe que se abalanzó sobre los habitantes mapuches del Gulumapu.

Así, cuando se producía el desmantelamiento forzado de la institucionalidad tribal y se provocaba un verdadero descalabro social a través del gulumapu, tampoco estaban los toquis ni los lonkos para imponer orden en una sociedad que operaba bajo la inmensa presión de la modernidad. La policía y los dispositivos de control y represión estatal que operaban con eficacia en el resto del país resultaban ser inútiles en los territorios del Gulumapu ‘pacificado’, donde, en medio del caos y la anarquía, los hombres descargaron sus resentimientos, afanes de venganza y su furia iracunda sobre el prójimo, sin consideraciones ni contemplaciones y en completa impunidad. Las autoridades tradicionales, arrinconadas por el Estado e ignorados por sus propias comunidades, sin embargo, se esforzaban por mantener vivas las costumbres y rituales de antaño:

“Yo les pido a todos los mapuches que sean obedientes; que respeten a su cacique [demandó el lonko Catriel durante el coyan de KozKoz de enero de 1907] y a los caciques les pido que cuando yo necesite algo y lo pida me atiendan luego y que sigan los consejos que yo les daré….cuando un indio se porte mal su cacique lo castigará.” (Díaz Meza, 2002:97)

“Como mapuche estoy llano a sostener los principios de la defensa natural y de la Ley de la raza Araucana”, señaló con firmeza Manuel Aburto Panguilef a principios de febrero de 1929, días después de cumplir con una pena de extrañamiento y de ser acusado de comunista por las autoridades.

“Yo en carácter sé apreciar tanto nuestra Religión Indígena”, escribió Hernán Aburto Panquilef a su hermano José Miguel, que:

“le solicito al Jefe y miembros de nuestra Reducción de volver a hacer el ‘Camarricun’ como antes, con algunas costumbres antiguas. Yo al ver que cada vez va desapareciendo nuestras costumbres que nos dejó Dios y nuestros Antepasados, les ruego a todos los componentes de nuestra reducción, no despreciéis mi idea ni mi solicitud.” (Aburto Panguilef, s/f)

Sin embargo, ante los esfuerzos revitalistas que promovían los lonkos jugaba en contra la voluntad de la comunidad que, por temor o por voluntad, prefería ventilar sus asuntos en los tribunales ‘huincas’; también actuaba contra ellos el propio Estado, que perseguía a los lonkos que actuaban como tribunales paralelos de la república. Comentando las ‘acciones judiciales’ llevadas a cabo por Aburto Panguilef, el Capitán de carabineros Alberto Sotomayor informó a sus superiores:

“Aunque estos procedimientos no constituyen delitos penados por la Ley, por no efectuarse en conformidad a ellas, forman un aspecto inaceptable ante la civilización y por consiguiente dignas de censura. Por todas las consideraciones anteriores y por referencias recibidas, estimo que es un peligro para la tranquilidad total de la provincia, y sobre todo en el sector en que vive, Loncoche.” (Grismaldi, 1929b)

El Prefecto de Cautín, Teniente Coronel Facundo Grismaldi Barrientos, coincidió con Sotomayor en el diagnóstico de ‘peligrosidad’ que hizo de Aburto Panguilef:

“Esta Prefectura, al enviar a esa Intendencia 9 cuadernos comprobantes de la actuación de Panguilef, hace suyo el Informe en referencia, permitiéndose dejar constancia que las diversas actividades del expresado Panguilef son contrarias a la Ley, y que es necesario de una vez por todas hacer cesar una situación a todas luces irregular, tomando enérgicas medidas contra este individuo, para quien los tribunales ordinarios son letra muerta, ya que ejerce su acción entre los elementos indíjenas, en tal forma que ha llegado a constituirse en autoridad, con evidente perjuicio de esa gente que por ignorancia vive supeditada a este individuo.” (Grismaldi, 1929a)

La hostilidad de los funcionarios estatales era manifiesta y se expresaba en todas las instancias. No obstante, los lonkos no cejaron en su empeño por mantener las viejas tradiciones y lograr que su autoridad sobreviviera a los duros embates de la modernidad. Ejemplo de ello fue el coyan (parlamento) celebrado por la Federación Araucana en Ercilla, a fines de diciembre de 1926. En esa oportunidad, con motivo del arribo de dos senadores de la República al sitio de la reunión, Aburto Panguilef insistió en que se hiciera el Awun:

“El auto en que iban los nobles visitantes a la Araucanía [reza el acta del Congreso] dio cuatro vueltas, de derecha a izquierda, a petición del Presidente del Congreso. Pasaba rodeado de las banderas y de los demás mapuches a caballo. Los que estaban en la ramada, hombres y mujeres, palmeaban las manos y gritaban vítores a los visitantes y al acto que se practicaba.” (Aburto Panguilef, 1926c)

Pero la voluntad de revivir viejos rituales no se quedó allí, Aburto Panguilef:

“con gotas de muday, hizo una solemnísima e imponente invocación a todos los grandes caciques de épocas pasadas, de los actuales y Virtudes de la raza… se le dio fin a esta última ceremonia con cuatro grandes ‘yapepullun’.“ (Aburto Panguilef, 1926c)

Rescatar las tradiciones, recuperar las palabras, honrar a los antepasados y procurar que los espacios sagrados fuesen respetados por los ‘huincas’ fueron parte de un ideario que -sujetos de la talla de Aburto Panguilef, Venancio Coñuepan, Esteban Romero y Martin Painemal, junto a cientos de otros longos- compartieron cuando defendieron la autonomía del Gulumapu. Manuel Aburto Panguilef solicitó en 1940 que el cementerio mapuche de la comunidad de Nugyen de Loncoche fuese habilitado como espacio ritual para los mapuches:

“por ser un Cementerio de hecho de dichos hijos de la raza desde tiempos inmemoriales, donde yacen los restos de los caciques de la familia Leficura, Callfucura, Nahuelcura, Huenumilla, Millafilo, Aburto y otros de la mencionada reducción…” (Aburto Panguilef, 1940)

Los esfuerzos hechos por los lonkos, con los riesgos y dificultades que presentaban tenían, sin embargo, un efecto limitado. El Estado chileno y la modernidad absorbían las últimas trazas del arcaísmo, ya sea persiguiendo a quienes practicaban los rituales y vivían de acuerdo a las viejas tradiciones, ya sea burlándose de quienes insistían en parecer ‘indios’, o dando legitimidad a aquellos textos escolares caricaturescos en los cuales se representaba a los mapuches como hijos de la barbarie. A causa de la implantación forzada del marco jurídico chileno, la autoridad de los lonkos, que en los tiempos antiguos fue la voz suprema para dirimir los pleitos interpersonales y para poner fin a los inacabables episodios de vendettas y contra-vendettas, yacía prácticamente por los suelos. El propio Aburto Panguilef reconoció el ocaso de los lonkos durante el parlamento de 1926:

“Dijo que también estaba en su deber de declarar a sus hermanos de raza que en los jóvenes que se creen civilizados ve una actitud completamente indiferente y fría en relación con los caciques que siempre han sido respetados y que deben ser considerados en la actualidad en la misma forma. Digo así, porque cada vez que los caciques hacen uso de la palabra en el Congreso, la juventud dice que sean breves en manifestar sus propósitos, lo que no debe suceder de parte de ellos para conseguir de realizar una verdadera obra para la raza aborigen.” (Aburto Panguilef, 1926a)

En esos mismos años, Pascual Coña señalaba con marcado pesar:

“En nuestros días la vida ha cambiado; la generación nueva se ha chilenizado mucho; poco a poco ha ido olvidándose del designio y de la índole de nuestra raza: que pasen unos cuantos años y casi ni sabrán ya hablar su lengua nativa. Entonces ¡que lean algunas veces siquiera este libro! He dicho.” (Coña, 1973: 129)

Paradójicamente, con la ‘chilenización’ de la juventud, la eliminación de las instituciones jurídicas tribales y el debilitamiento de la autoridad de los lonkos, debido a la intervención de jueces y policías, el Gulumapu se convirtió en una tierra de nadie, donde por primera vez prevalecía la violencia como el tono y rasgo más notorio de la cotidianeidad:

“A fin de que no recrudeciesen desórdenes y peleas pasadas y el pueblo volviese a estar tranquilo [relató Coña] por esos motivos hacían los antiguos caciques principales sus reuniones pacificadoras. Se juntaba muchísima gente en estas reuniones, que tenían el nombre de juntas de paz.” (Coña, 1973:125)

No obstante, todo eso ya pertenecía la memoria. El colapso del gobierno cacical produjo un caos que nadie previó. Por eso mismo, durante el parlamento de Coz Coz celebrado en 1907 por las comunidades cercanas a Panguipulli, se alzó la voz potente de Juan Chequehuela, lonko de Antilhue, para señalar: “Si hubiera un cacique mayor al que todos obedecieran, el cacique haría respetara todos los indios…” (Díaz Meza, 2002:75).

La instalación del aparato jurídico estatal, con jueces, abogados, actuarios y tribunales incluidos, tampoco lograron extirpar la ola de violencia interpersonal que prosperó en esos años:

“Las peleas e informalidades aumentan cada vez más entre los indígenas [escribió Aburto Panguilef como Presidente de la Federación Araucana en 1936] porque estos Juzgados prescinden de las buenas costumbres de la raza para dictar sus resoluciones…” (Aburto Panguilef, 1936b)

Apenas un año antes, en los acuerdos tomados por el Tercer Congreso extraordinario de la Federación Araucana, se demandaba el “Respeto por el estado de las costumbres y tradiciones de la Raza Araucana… reconocimiento de sus prerrogativas tradicionales” (Aburto Panguilef, 1935b). La justicia, ese bien tan preciado sobre el cual se fundó la paz y el orden social en las tierras tribales desde la antigüedad, había sido desplazada por el abuso y la arbitrariedad de los más fuertes, abriendo las puertas para que prosperara la violencia y permitiendo, de esa manera, que se mermaran las bases mismas de la gobernabilidad. En su conjunto, cada una de estas acciones, eran la negación de la cultura y de la identidad ancestral de los mapuches:

“Los mapuches antiguos tenían buenos conocimientos de todas las cosas existentes [escribió Coña], sabían nombrar las estrellas que brillan en la bóveda celeste; los pájaros y aves que vuelan en el aire; los animales que andan sobre la tierra y las diversas clases de insectos; hasta los peces que nadan en los ríos y en el mar. Además conocían los árboles y plantas; hasta las piedras tenían su nombre.” (Coña, 1973:79)

En menos de treinta años gran parte del kimun había desaparecido y con ello también los bosques, las selvas y las tierras libres que vieron crecer una cultura milenaria; en su lugar, creció la violencia, el desánimo y la frustración, las facetas más horrendas de la modernidad. Para los mapuches más viejos, que vieron y sufrieron el colapso de la sociedad tradicional bajo el empuje del Estado, solamente restaba que la juventud recuperara el viejo legado y reprodujera la cultura ancestral que, por decreto del Estado y por la indiferencia del resto de la sociedad, lentamente caían en desuso y en el olvido:

“Vuestra organización nace a la lucha, camaradas mapuches [escribió Aburto Panguilef con motivo de la fundación de la Federación Juvenil Araucana en diciembre de 1935] en un momento decisivo para el porvenir de vuestro pueblo. En el momento en que los ricos y poderosos del dinero tratan por todos los medios, de terminar con las tradiciones legendarias, que os legaron vuestros antepasados; en el momento en que todos los ricos explotadores, se unen y confabulan para arrebatarles por la fuerza y el asesinato a mansalva, los últimos pedazos de mapu que les van quedando.” (Aburto Panguilef, 1935c)

 

4) Fuentes y bibliografía

 

Fuentes

Archivo Regional de la Araucanía. Fondo Judicial de Angol, volúmenes 1, 2.

Archivo Regional de la Araucanía. Fondo 1º Juzgado de Temuco, volúmenes 12, 17, 19, 20, 21, 22.

Aburto Panguilef, Manuel (1926a): Discurso de Manuel Aburto Panguilef durante el Parlamento de Ercilla, 24 de diciembre. Archivo de la Federación Araucana.

Aburto Panguilef, Manuel (1926b): Carta al presidente de la República de Chile con sumario del Acta del parlamento de Ercilla, 24 de diciembre. Archivo de la Federación Araucana.

Aburto Panguilef, Manuel (1926c): Acta del parlamento de Ercilla, 24 de diciembre. Archivo de la Federación Araucana.

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Testimonios

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Apendice

Causas judiciales de violencia protagonizada por mapuches contra mapuches (1900-1925)

Materia Fecha Denunciante Denunciado
Homicidio de Marileo Painemil 02/01/1900 Ignacio Tialcal Juan Quidel
Lesiones 03/05/1900 Faustino Henríquez Francisco Colimán
Lesiones 31/10/1901 Manuel Ladino Huencho Sandoval, Antonio Huichai y Juan Llancalef
Homicidio 18/07/1903 Juan Huenul
Homicidio 17/11/1904 Policía de Temuco Alberto Mañán
Lesiones 10/09/1904 Antonio Huenueque Francisco Huereao
Violación de Zenobia Antivil 02/01/1905 Antonio Araneda Juan Huenulaf
Homicidio de Mariano de Chachallao 06/10/1906 Mariano Currihuin Cheuque Huilipán y Reuque Huilipán
Homicidio de María Naipán 08/03/1907 Juan Antinao Colihuinca Huenchunao
Homicidio de Agustín Matamala 26/06/1907 Carabineros de Freire Antonio Epuñán Juan Castañeda
Homicidio 28/01/1908 Ramón Novoa Antonio Melin
Homicidio 31/01/1908 Evaristo Soto Juan Tripailaf
Homicidio Rosa Rosita 14/03/1908 Neucurrai Millao
Homicidio de Juan Curin 05/05/1908 Victoriano Loncán Francisco Manqueo.
Homicidio de Juana Millán. 07/05/1908 Ramón Millán Segundo y Juan Garrido.
Homicidio de Margarita Ancamil 09/12/1908 Antonio Ancamil Chiñura Llanqueo y LLanca Colipí.
Sumario por Muerte 14/06/1909 Juan Cañupán
Lesiones 08/05/1909 Pedro Marillán Segundo Míllaqueo
Homicidio 15/09/1909 Juan Huenchuleo José S. Marileo José Quilamán
Homicidio 19/07/1909 Pedro Pilumil José Huete Lorenzo Nahuel Antonio Pichileo y Manuel Millavil
Homicidio 07/11/1910 Pablo Huentemil Andrés Oñate
Homicidio 15/11/1910 Juan Acuite Domingo Colicuan, Juan Ilmen, Juan Millahuan
Homicidio 21/11/1910 Juan Cayunao José Calcumil y Juan Manqui
Lesiones 27/09/1910 Rosa Antinao Juan Raín
Lesiones y Robo 07/01/ 1911 Domingo Cayupil Juan Huenuman, Antonio Loncán, Ricardo Marileo.
Sumario por Muerte 19/01/1911 Navarro Rapimán
Lesiones 11/01/1911 Carolina Caniuñir Vicente Llancañir
Lesiones 27/09/1911 Juana Marinao Juan Millapán y otros
Violación 07/10/1911 Antonio Melipil
Sumario por Muerte 01712/1914 Juan Antivil
Violación 12/01/1912 Juan Catrinao
Lesiones, Atropello 26/03/1912 Ignacio Cayuleo Lorenzo Nahuel y otros
Homicidio 10/01/1912 Juan Colige Palma Colipe
Lesiones Graves 19/06/1913 Antonio Calfin y Juan Ancamil
Lesiones Graves 28/06/1913 José Millapán
Homicidio 23/06/1913 Juan Cayupil
Homicidio Juan Millan Juan Nache
Homicidio 06/09/1913 Fermín Curilén Exequiel Chureo
Homicidio, hurto 18/11/1913 Antonio Quilaqueo y Juan Rañileo
Homicidio 19/11/1913 Albino Canio Segundo Canio
Homicidio 28/11/1913 Curilao González, Ramón Helmes y Antonio Huala
Homicidio 21/04/1914 Antipán Manuel
Homicidio 13/06/1914 Juan Painenao
Muerte 22/09/1914 Domingo Marihuan Muerte de la Indígena Maria Luisa
Homicidio 25/11/1914 Santos Hueche
Homicidio 21/11/1914 Mariano Manuel Colihuil
Lesiones 29/12/1914 Valentino Mautino
Lesiones 31/12/1914 Juan Huilipán
Lesiones 24/01/1914 José Manquileo
Lesiones 27/02/1914 Domingo Melín
Lesiones 29/12/1915 Narciso Llancaqueo y Antonio Curapil
Homicidio 26/11/1915 Zoilo Ñanco
Sumario por Muerte 30/10/ 1915 Leopoldo Beltrán, Juan Neculqueo
Violación 07/11/1916 Juan Millaqueo
Lesiones 10/11/1917 Juan Neculpán
Lesiones 25/02/1918 Toribio Quidel
Lesiones, Robo 22/04/1918 José Levifiir y Cayetano Maliqueo
Lesiones 06/09/1918 Antonio Huaiquiñir
Sumario por Muerte 07/12/1918 Rafael Cheuquelaf
Homicidio, Robo 12/03/1918 Juan Esteban Calfinao y Francisco Huenchuñir
Homicidio 14/03/1918 Juan Quilaqueo
Violación 19/02/1918 Huenchumán Neculmán
Violación 24/09/1918 José Millaleo
Lesiones 04/08/1919 Juan Cona
Lesiones, Robo 29/03/ 1920 Segundo Epul Francisco Millanao
Lesiones, Robo 08/10/1920 Domingo Manqueo Segundo Marín
Atentado 04/10/1920 Antonio Lauquén y Santiago Manquel
Atentado 14/08/1920 Juan Huaiquin y Domingo Huaiquin
Lesiones 25/02/1921 Pedro 2° Mainguyague
Homicidio 23/07/1921 Juan Ancantén
Robo con Violencia 01/10/1921 Antonio Melivilu, Juan Ortiz y otros
Hurto Daños y Usurpación 21/12/1921 Domingo Nahuelhual Francisco Lepileo y otros
Violación 24/02/1921 Ramón Sandoval y Pedro Quilapi
Atentado 09/03/1922 Francisco Antonio
Homicidio 23/01/1922 Neftali Fajardo Evaristo Marimán
Homicidio 19/05/1922 Segundo Panguinao
Intento de Estafa 03/05/1922 José Cheuquián José Urra y Felipe Nahuelán
Homicidio 08/06/1922 Manuel Antipán
Lesiones 23/05/1923 Antonio Quinchavil Maripán Colipe
Lesiones 03/07/1923 Juan Loncomil Esteban Díaz
Lesiones,  Daños 11/10/1923 Lorenzo Burgos Segundo Huircal
Lesiones 19/01/1924 Juan Coliñir
Lesiones, Incendio 31/01/1924 Levio Sandoval
Lesiones 04/12/1925 Antonio Sandoval, Juan Epul y otros
Homicidio Frustrado 24/03/1925 Manuel Linco
Lesiones 13/03/1925 Antonio Huitraqueo
Lesiones, Robo 09/10/1925 Arturo Canío Juan Sandoval Onofre Sandoval y otros

Fuente: Archivo del Primer Juzgado Criminal de Temuco. El listado incluye solamente aquellos casos en que son mapuches los acusados  y cuando se desconoce el nombre del ofensor de un mapuche. Se han dejado fuera del listado todos los actos de despojo, agresión, desalojo y matanzas de mapuche realizadas por huincas durante el mismo período.

 

 

 

* Recibido: enero 2008. Aceptado: julio 2008.

Este artículo forma parte de Proyecto Fondecyt 1040724, “El colapso de la frontera mapuche, 1900-1950. Transformaciones sociales y bases históricas del conflicto actual”.  Mis agradecimientos a Sergio Caniuqueo, Alen Quinteros, Lonhegrin Palma y Fernando Ulloa por su experta colaboración académica y acertados comentarios al manuscrito preliminar; especiales agradecimientos a André Menard por facilitar el acceso a los papeles de la Federación Araucana.

** Profesor de la Universidad de Chile y la Universidad de Valparaíso. Correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla